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Bio-bibliografía
Antonio Orihuela (Moguer, 1965). Doctor en Historia por la Universidad de Sevilla. Últimas publicaciones:
Comiendo Tierra,
www.babab.com/ biblioteca.
Piedra, corazón del mundo (Germania. Alcira, 2001).
Narración de la llovizna. Baile del Sol. Tenerife. 2003.
El mal: técnicas de análisis y prospección superficial. Diputación. Badajoz. 2004.
Tú quién eres tú. Ed. Idea. Tenerife, 2006. y
La ciudad de las croquetas congeladas. Baile del sol, Tenerife. 2006 Suyos son también la novela experimental
x Antonio Orihuela. LF Ediciones. Béjar, 2005; y el ensayo
La Voz Común: una poética para reocupar la vida. Tierradenadie Ediciones. Madrid. 2004. Coordina los Encuentros de Poetas “VOCES DEL EXTREMO”, de la Fundación Juan Ramón Jiménez desde 1999. Más información sobre el autor en
http://es.wikipedia.org/wiki/Antonio_Orihuela
Todos estos libros se pueden conseguir en la librería virtual de PAQUEBOTE:
pedidos@paquebote.com.
Poética
WAY OUT
La poesía dejará de ser una cosa triste
cuando empiece a tener que ver con la vida de la gente,
cuando la gente vuelva a ser la que decida qué hacer
con sus vidas y con las palabras,
mientras tanto
todo esto que hacemos seguirá siendo
literatura.
Poemas
MAREA ALTA
Los restos del galeón hundido en la ciénaga del las vacas.
Tu foto en el parque con un gorro de lana,
con el tiempo picoteándote la cabeza y las manos
entrelazadas en el último tranvía frente al Sado.
El sol cayendo y llenando de sombras las piedras del dolmen
que estábamos excavando.
Una bolsa de malacofauna de la cueva de los Azules
en el claustro de San Bartolomé de Puelles.
La primera vez la nieve.
Los días iguales.
Todo, todo lo que se fue alejando
y tu voz, madre,
secreto hilo de este cuerpo mal cosido.
(De Narración de la llovizna. Editorial Baile del Sol. Tenerife. 2003)
MEMORIA DEL CAMBIO
La choza que nos dibujaste aquella tarde,
con su hombre primitivo y todo,
la excavé yo treinta años más tarde.
No creo que nadie soñara entonces con corbatas
o morir joven sobre la primera moto que nos prometían
si llegábamos a bachillerato.
Estábamos pendientes del verano
y el humo del primer amor
y su sabor a tabaco.
Oíamos las proezas de los otros,
ávidos de que fueran ciertas,
y mientras llegaba nuestra hora
nos entrenábamos
con la única literatura que apreciábamos,
revistas pornográficas
con accesorios comentarios de texto
que ninguno nos tomábamos la molestia de leer.
Moría Franco
y nosotros, afortunadamente, no teníamos ni puta idea de política,
no tuvimos que correr delante de los grises
para justificar después
habernos convertido en pequeños fascistas,
porque, al fin y al cabo,
sólo de pequeño fascista se puede seguir soñando
con pagar los plazos de una segunda vivienda.
Nuestras traiciones, también afortunadamente,
no tendrían como escenario ninguna idea por la que vivir,
sino algún cuerpo en el que morir
de gusto,
o abrazados, bailando
je t’aime, moi non plus...
y ellas, que no sabían francés, ofrecían sus bocas
mientras nos mentíamos que aquello era para siempre,
para el fin de semana,
porque el lunes era una fórmula matemática,
y el martes una carrera alrededor del instituto,
y el miércoles una interminable clase de religión,
y el jueves era la monotonía de la química
que precede a las noches brillantes
donde volvíamos a amarnos
ajenos a estados de excepción,
golpes de estado en Suresnes
y al paraíso que los altavoces instalados en los Dyanes
decían que estaban forjando para nosotros.
Nuestra realidad, afortunadamente era otra,
un estado perfecto y fugitivo,
un mundo fantástico que resultó,
a medida que fue desvelando sus misterios,
irreparable.
Como la choza aquella que,
en nuestro primer año de escuela,
nos dibujaste,
la misma que treinta años después excavé
para constatar que también tu dibujo
era mentira.
(De La piel sobre la piel. Ediciones de la Mano Vegetal. Universidad de Sevilla. 2004)
CUANDO LOS DÍAS ARDÍAN
a David González, Jesús Márquez y Daniel Macías,
impecables viajeros
y a Manuel Vilas que me prestó su 850.
Mi primer coche lo compré en 1991,
un Citroën Mehari del 79,
uno de los últimos modelos que se fabricó en España,
cuando aún no había autopistas
y las carreteras eran sitios
donde se podían alcanzar velocidades de crucero de 70 Km./h.
Se lo compré a un mecánico de Sevilla,
mi padre vino conmigo a verlo,
cuatro barras y una lona vieja y raída a modo de capota
que mi madre cosía una y otra vez
porque solía rajarse
y entonces parecía el buque fantasma
desplegando sus velas en mitad de la noche,
por la carretera de Lucena,
cuando desear era tan fácil
y el verano se extendía más allá de la comisura de nuestros labios
por la hierba breve de la casa de los sueños azules de Paco Naranjo,
bajo la luz de la piscina del pulpo verde
y los hermosos cuerpos que ya no volverán.
Mi padre había venido todo el camino diciéndome
que si no había más coches en el mundo,
que había que ver la porquería que iba a comprar.
-No había, no había más coches en el mundo
que mi Mehari verde,
un coche de juguete para un mundo de adultos
que se habían cansado de jugar.
Mi padre le pidió al mecánico que le abriera el capó
y cuando vio lo que había allí dentro estuvo a punto de echarse a llorar,
latas viejas, piezas comidas por el óxido y la corrosión,
vestigios de la posibilidad de vida más allá de la muerte
envueltos en varios dedos de grasa negra y compacta
que manchaba con solo mirarla.
Le preguntó al mecánico que cuánto quería por aquel montón de chatarra.
-Trescientas mil.
-Será cargado de chorizos –le dijo.
Y el tipo aquel se puso rojo
y cerró el capó con sus gomitas entre los dedos.
Me había costado tres meses ganar ese dinero,
tres meses perdiendo los ojos de ocho a tres
en una fría habitación del Servicio Provincial de Arqueología
de la Excelentísima Diputación Provincial de Huelva,
tres meses absurdos
perdidos en dibujar fragmentos absurdos
extraídos del vientre de los siglos
en el corte y estrato de vetetúasaberdónde
según la metodología bulldozer,
clasificados en bolsas según el método Ogino,
dibujados según el plan Badajoz
e interpretados delante de una baraja de cartas de la bruja Lola
y tres velas negras, una por cada Doktor inútil
que allí seguirá haciendo como que trabaja
y otra por el calvo pelota con despacho propio
encargado de tocarse los huevos, leer el periódico
y vigilarnos.
-Trescientas mil.
Mis primeros tres sueldos,
se lo dije al Mehari, bajito, como una confesión,
un intento de reconciliación con aquellos cuatrocientos kilos de plástico ABC
y fibra de vidrio,
un intento de ganarme su confianza
para que aceptara venirse a casa, conmigo.
-Los platinos, estaría bien cambiárselos, me dijo el mecánico
antes de esfumarse.
Se los cambiaba cada año
pero siempre le costó arrancar.
Después hubo que cambiarle la batería,
los cables de arranque y las bujías,
la caja de cambios, que me enteré catorce años después
siempre había estado suelta,
la dirección, las trócolas, el bombín de la gasolina,
el depósito de combustible, el panel del velocímetro,
el interruptor de la intermitencia y hasta el cenicero
le cambié en una prospección arqueológica por Valverde
en la que me encontré un Dyane abandonado
que tenía intactos los muelles de los asientos
y un cenicero donde no había fumado nadie nunca.
Las ITV las pasaba porque le pintaba de betún las ruedas,
le rellenaba de plastilina los agujeros,
le echaba pegamento en los faros para que no se movieran,
ponía cara de cordero degollado
y me encomendaba a la Virgen de los Desamparados.
En verano, si arrancaba,
era una fiesta continuar hasta la playa,
quitarle los asientos y llevarlos hasta la orilla,
sentarse allí en un Mehari invisible
y mirar las olas
y el mundo que no parecía tan malo a la vuelta.
Pero en invierno
había que subir en él como si hubieras quedado con Admunsen en el Polo
y la lluvia entraba por todas partes
y se balanceaba en las curvas desbordando el salpicadero,
mojándolo todo,
achicando agua con las esterillas de plástico,
moviendo con la mano izquierda las escobillas perezosas del parabrisas,
empujando con la derecha las bolsas de agua de la capota,
taponando con cartones
las brechas del techo por donde el agua corría como un surtidor,
viajes hoy predecibles que fueron ayer
duchas frías a todo lo largo y ancho del suroeste de la península ibérica.
Subiendo un día a Zalamea se le rompió el bombín de la gasolina
y lo arreglé con un chicle.
Bajando otro día de Jerez fue el cable del acelerador
y se lo cambié por un cordón de mis zapatillas.
Nos montábamos cinco inútiles, cinco mochilas, dos jalones,
mil bolsas con material arqueológico, dos cámaras,
veinticinco mapas escala 1:25.000,
podía con todo el coche de plástico con su volante de plástico
y sus asientos de escai negro y su alma blanca.
Catorce años a mi lado, catorce mil averías entre mis manos,
catorce llantos por cada una de sus esquinas,
catorce años descargando maricones,
catorce años las orejas del bóxer Dor ondeando al viento en el asiento de atrás.
Catorce corazones, catorce cruces clavadas en el monte del olvido
y un poema que le escribimos David González y yo en Ayamonte,
un poema que hablaba de pasajeros que llegaban a la estación de la vida
tal vez porque por aquellos años estábamos sentados en mitad de las vías,
esperando un tren que nunca se dignó a pasar y arrollarnos.
Mi perro Dor se fue en él no hace muchos días,
en una mañana fría de invierno,
fuimos a comprar su pienso
y en la tienda nos dijeron que era el último saco,
que ese pienso ya no se volvería a fabricar,
el pienso que mi perro había comido toda su vida.
Me dijeron lo mismo del corazón de los dos,
ya no se fabrican corazones de lata ni corazones de perros como estos,
todos los corazones a partir de cierta edad se vuelven de plástico,
como los abrazos de los hombres que un día fueron tus amigos.
Yo había soplado esa tarde una tarta con cuarenta velas,
pero no sabía que había soplado tan fuerte ni tan lejos
como para que los dos me dijeran adiós al mismo tiempo
y para siempre.
(De
La ciudad de las croquetas congeladas. Editorial Baile del Sol. Tenerife. 2006)