viernes, 1 de marzo de 2013

HUGO IZARRA




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Abraham Gragera
Diego Zaitegui
Jesús Urceloy
Martina Garea
Miguel Sánchez Gatell
Pedro Juan Gutiérrez
Raquel G. Otero
Raúl Zurita
Rebeca Yanke
Susan Urich
Susana Vecino


Bio-Bibliografía

Nací en ese infierno con vistas al mar llamado Vigo el día quince del mes de septiembre del año 80 del siglo pasado. Desde entonces he muerto varias veces. He seguido escribiendo, a pesar de todo, por puro aburrimiento, por incapacidad absoluta y demostrada de hacer otra cosa. Me han publicado dos libros: Gominolas para los patos y Música para atravesar los túneles. Lo más normal es que me muera sin volver a publicar otro libro. Cuando lo haya hecho, cuando me haya muerto de verdad, donaré mi alma a la ciencia y mis poemas a los analfabetos.





Poética

Se puede vivir sin ella.




Poemas


Manifiesto
Yo,
que siempre he sido un infiltrado,
un impostor, un paria, un cero a la izquierda,
un simulacro fallido de hombre libre, un traidor cutre,
un gordo obsceno, un apestado.

Que me crié entre católicos sin estar siquiera bautizado,
que renegué un millón de veces del dios al que rezaban,
que me agaché y guardé silencio y admití ser como ellos
aunque por dentro los odiase con todas mis fuerzas.

Que me fingí conservador por mantener un puesto de trabajo miserable,
hasta que me di cuenta de que la dignidad valía más que el miedo al hambre,
y entre los pobres que me quieren hago gala de un éxito que no me pertenece,
siempre que puedo, porque es más fácil mentir que decir lo que se siente.

Que, en vez de gritar y rebelarme, pagué con desdén a quien me dio desprecio,
que sobreviví huyendo del conflicto, de la responsabilidad, del compromiso,
que me hice el loco cuando hubo locas que decían amarme, aun sin amarlas,
que oculté mi enfermedad por temor a ser rechazado por los estúpidos.

Yo,
abanderado del fracaso, mentiroso, chantajista,
cobarde, rata inmunda, poeta infame, oportunista,
que no siempre confié en quien debí haber confiado,
que vendí barata mi integridad, porque era pobre y además imbécil,
y me estrellé contra muros que sólo existieron dentro de mi cabeza,
admito todos y cada uno de mis errores, uno por uno,
y no me arrepiento de ninguno, porque soy un necio.


Otoño de Vivaldi
Hay un momento
–no importa si estás vivo o muerto–
en que la vida se detiene, toma aire
y, sin mirarte a los ojos, recoge sus cosas
y se va de tu cuerpo para siempre,
te abandona sin dejarte
siquiera una nota.

El amor es un poco así,
como la propia vida. Acude cuando
no le llamas, te invade, te ilumina,
se cansa de latir, se apaga y se va
y te deja reducido a esto
que eras hoy, que fuiste hoy
que ya no volverás a ser,
por mucho que te duela,
nunca más.


Bondad divina
Dios le puso al hombre
un corazón para rompérselo,
un par de manos que llevarse a la cabeza,
dos ojos con que verse envejecer en el espejo
y un par de piernas que cediesen con el tiempo.

Creó el amor para excusar la traición y la mentira.
Se inventó la justicia, fue una broma innecesaria.
Le prometió una familia, y un coche y una casa;
no le advirtió de los distintos ministerios
y se marchó por donde había venido.


Cabalgar la mañana entre bostezos
Ocho y diez o puede que ocho y cuarto.
Y diciembre, que es rígido y cruel y perseverante,
ha vuelto a dejarse caer por la ciudad
y se entretiene haciéndose notar
–tal vez porque no es grande,
su presencia es más notoria–
en cada partícula de existencia.

La lluvia nos azota en diagonal
y aún es de noche, y el ruido acostumbrado
ha comenzado a instalarse ya por las aceras:
los pasos, las persianas, los motores de los coches,
las válvulas que rugen, las voces de los niños,
el abrir y cerrar de cremalleras, las miradas
nos inundan y nosotros no podemos
hacer más que contenernos.

Rostros proletarios, somnolientos,
cabalgan la mañana entre bostezos,
–algunos son blancos, pero los he
visto también azules y amoratados–,
encendiendo sus luces y sus cuencas
tras las lunas empañadas por el frío,
saliendo de los parkings, esperando
su turno para incorporarse al tráfico.

Algunos parecen impacientes por llegar,
otros caminan ateridos con la cabeza baja,
plegando el cuello, fumando e ignorando
invariablemente la sombra breve que,
tímida y fugaz, proyectan sin querer
sobre los escaparates.


La ciudad nos observa con ojos tranquilos
La ciudad nos observa con ojos tranquilos
porque tú y yo somos elementos en concordia
y cada paso que damos estaba ya escrito en el
Gran Libro de los Pasos y es gracioso vernos
así, como si siempre hubiésemos sabido dónde
acertar con el pie, dónde poner cada palabra.

Aquí, entre la gente que avanza y corre y empuja,
tú y yo somos dos estatuas de piel tan diminuta,
representando un papel para nosotros mismos.


Algunos poetas suben al cielo sin chaqueta y otros no
Después de escuchar a las viejas preconizando
con vehemencia las virtudes del Linimento de
Sloan, de observar sus extremidades como
si fuesen de otro, de sentir el bombeo de
la sangre concentrado en las muñecas,
el poeta C.B., existencialista sombrío
desconvencido y pragmático, invitó
a todos sus amigos a desalojar el
local y, poniéndose la chaqueta,
les deseó buena suerte y subió
a su casa a descansar con los
gatos. A admirarse la tripa
velluda, pálida y blanda.
A escribir algo, versos
sueltos, lo que fuese,
por malo que fuese.
Porque era triste
que un escritor
no escribiese.

4 comentarios:

Redacción Bubisher dijo...

Uno de los futuros grandes de España, tiempo al tiempo. Me alegra que mencione a Raúl Vacas, gran tipo y compañero bubishero. Un abrazo para él e Isabel.

luis felipe comendador dijo...

Cuenta con mi mención a posteriori... eres un poeta magnífico, amigo.

antonio molina medina dijo...

Pero otros suben al cielo imaginario, torpes y llenos de trapajos, pero con el corazón lleno de ilusiones, pletóricos de sueños, aunque en su cuerpo aun le salgan sabañones. Con el cigarro de picadura en sus manos; han llegado a lo más alto y yo, los he conocido por la gloria de mi madre, como así fue uno de sus hermanos. Nos dio lecciones de ser y no tenia 'pa' comer: con once chiquillos y los que nos arrimábamos a su rebujo, como la gallina a sus puyuelos aunque quedáramos fuera de sus alas Él nunca nos abandonaba.

un saludo

antonio

javier zapata dijo...

la verdad, me gustan mucho estos poemas y me gustaría recitar alguno si tengo ocasión, gracias poeta