domingo, 11 de noviembre de 2012

JOSÉ MANUEL LUCÍA MEGÍAS




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Bio-bibliografía

José Manuel Lucía Megías (Ibiza, 1967) es Catedrático de Filología Románica de la Universidad Complutense de Madrid.  Publicó su primer libro de poesía en el año 2000: Libro de horas (Madrid, Calambur), al que le han seguido los siguientes títulos: Prometeo condenado (Madrid, Calambur, 2004), Acróstico, (Madrid, Sial, 2005), Canciones y otros vasos de whisky, (Madrid, Sial, 2006), Cuaderno de bitácora, con prólogo de Francisco Peña (Madrid, Sial, 2007), Tríptico, (Madrid, Sial, 2009), Trento (o el triunfo de la espera), en edición bilingüe español/italiano, con traducción de Claudia Dematté y Se llamaban Mahmoud y Ayaz (Madrid, Amargord, 2012).
Es director de la plataforma literaria “Escritores complutenses 2.0” (www.ucm.es/BUCM/escritores) y de la Semana Complutense de las Letras


Poética

No es suficiente escribir. No es suficiente sentir los versos brotar de los dedos, convertirse en cicatrices en el papel. No es suficiente si no transmiten. No es suficiente si no se convierten en voz de tantos silencios. No es suficiente la poesía si no es capaz de transformarse en recuerdo, en memoria, en vivir más allá del momento fugaz, personal de su creación.



Poemas


3.
"Ven pronto,
mi amado.
Los racimos
de besos
están ya maduros".
Apoyado en el balcón,
mirando al oeste,
espera cada noche
el milagro de un encuentro,
repitiendo como una oración
ese nombre extranjero
que le llena de miel los labios
y de sonrisas los amaneceres.
"Ven pronto,
mi amigo.
Lejos queda el invierno.
Ven pronto,
amado mío,
que ya me quema la espera".

(Trento, o el triunfo de la espera, 2009)


 ***


Y se llamaban Mahmud y Ayaz,
y tenían tan solo 17 años,
y fueron ahorcados un 19 de julio.
No lo olvidemos.
Su historia debía haberse escrito
con otros titulares, con otras fotografías.
Pero no fue así.
Llegaron llorando a la plaza.
En la furgoneta de su angustia,
llorando las lágrimas que no derramarán de viejos.
(Como tantos otros, yo he visto las fotografías).
Y llegaron como dos cachorros asustados,
temblando entre el frío de tantas miradas,
ante el abismo del final de su vida
antes incluso de haber intentado imaginarla.



***

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Fueron necesarios cuatro brazos
y una soga ajena de su cobardía.
Fueron necesarios dos hombres
que escondieran sus corrompidos gestos
tras el anonimato de un pañuelo.
Fue necesario un juicio
y la rápida sentencia de muerte.
Y nuestro silencio,
no lo olvidemos.
Fue también necesario nuestro silencio.

(Y se llamaban Mahmoud y Ayaz, Madrid, Amargord, 2012)