martes, 16 de octubre de 2012

TONI QUERO




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Bio-bibliografía

Toni Quero (Sabadell, 1978) es licenciado en Filología Hispánica y trabaja de editor. Su primer libro Los adolescentes furtivos obtuvo en Collioure el Premio Internacional de Literatura Antonio Machado 2009, convocado por la Fundación Antonio Machado de Collioure. Traducido al francés y con prólogo de Pere Gimferrer, el libro ha sido publicado por la editorial francesa Cap Béar Editions y ha recibido elogiosas críticas en medios nacionales como la revista Qué Leer  o el suplemento El Cultural del diario El Mundo. Sus poemas han aparecido en diferentes revistas y publicaciones literarias españolas, francesas y mexicanas, como Catálogos de Valverde 32, Ágora. Papeles de Arte Gramático o Quaderns de Versàlia. Todos los poemas pertenecen a Los adolescentes furtivos.



Poética

Ser poeta
Ser invisible
Ser Rimbaud
(demasiado tarde)
Luz eléctrica
Una tarde de abril
Dibujar un sinsentido
Un verbo rueda bajo la mesa
Su cuerpo centellea sobre mi espalda
Do not disturb
Contemplar el ocaso
Verdes brumas como sílice
Noches desnudas
Un poema
Página en blanco
Cero
Ser invisible
Ser poeta

(Ser poeta)




Poemas

De madrugada,
las calles se tornan feraces,
el vaho vivifica las raíces que brotan de las calzadas
y el violento carmín de los tacones de aguja
se protege de la lluvia
en los párpados ocres de centeno
que duermen en las fachadas.

En los portales,
late un murmullo de acero y cuerpos deseantes,
los maestros de esgrima se baten en duelo
y entre adoquines
flotan cadáveres de enamorados
que ensayan caligramas.

Es oscura la noche entonces.
Las chicas hispanas desenredan sus trenzas en las cabinas
y anotan versos de nueve cifras sin remite,
los canes enloquecen con su propio rastro
y apátridas del cielo descienden
a trocar sus penas en los billares.

A esas horas, la luz es un animal herido,
que danza, como las tribales formas se contemplan,
en el latón abandonado de las esquinas
y en los verticales rostros
que aguardan tras las ventanas
su propia resurrección.

(Madrugada)



La perpendicular enhiesta que separa tu cuerpo y el mío tiene una pequeña falla corva, exactamente a cinco pies sobre el nivel del mar. En ese punto, descienden un número finito de vértebras hacia el vértice meridional. Remontando los peldaños, en las regiones boreales, la cerviz conserva su frescor primitivo y pervive en ella la estela olvidada de antiguos exploradores.

(Cuello)



En mi veintiocho aniversario

Si yo fuera Kurt Cobain ya estaría muerto.
Un manto de flores amarillas ornaría mi tumba
y frágiles adolescentes, desnudos en una húmeda tarde de otoño,
entonarían mis versos con un estertor de ira en su mirada.

En esos días, en algún lugar ignoto, alguien alabaría mi obra,
un diario local celebraría la efeméride de un paso perdido
y una chiquilla, con la gélida belleza de aquel que lleva la muerte consigo,
tatuaría en su cuaderno dos nombres imposibles.
Esa noche, aquel que fue idolatrado y pasea aberrante su juventud impostada,
escribirá graves ofensas —incipiente y sobrevalorado—,
mientras un joven asiático hilvane ajeno un rostro de ceniza.

Si yo fuese él, nada diría.
El blanco encalaría un pequeño pueblo escarpado,
el azur irrumpiría en el sueño de un muchacho huidizo,
y al atardecer, frente al rumor del oleaje, todo habría acabado.

(Si yo fuera Kurt Cobain)



El temblor del alba,
pedazos de memoria interrumpida,
desamordazaba los cuerpos
entregados a la noche.

Abrir los ojos,
contemplar el vientre desnudo,
el animal dormido entre las sombras
amaraba el tiempo en la retina.

El viento bate las ventanas.
Finas láminas de celuloide
se desgajan de su cuerpo
parpadeando sin fin entre las sábanas.

No retornarme nunca.
La brisa ondea el vello
y el húmedo cauce de sus labios.

Una centella anuncia el día.
La siega afeita campos y pestañas.

(Albada)