domingo, 15 de abril de 2012

NATALIA CARBAJOSA




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Bio-bibliografía

Natalia Carbajosa (El Puerto de Santa María, 1971). Estudié Filología Inglesa en Salamanca, donde me doctoré con una tesis sobre la comedia de Shakespeare en 1999. En aquellos años de estudiante fui cofundadora, junto con otros compañeros, de la revista literaria Parásito. En la actualidad trabajo como profesora de inglés en la Universidad Politécnica de Cartagena y realizo investigación sobre poesía anglo-norteamericana.
Soy autora, entre otros, de los libros de poemas Pronóstico (2005), Los reinos y las horas (2006), Desde una estrella enana/Biografía elemental (2009) y Tu suerte está en Ispahán (2012), así como el libro de relatos Patologías (2006) y el ensayo Shakespeare y el lenguaje de la comedia (2009). Como traductora de poetas, he publicado Trilogía, de Hilda Doolittle (2008), y tengo en proceso de publicación una antología del poeta norteamericano Scott Hightower y las memorias de la escritora inglesa Kathleen Raine (en colaboración con Adolfo Gómez Tomé). Colaboro habitualmente con revistas como El coloquio de los perros, Nube habitada  o Los cuadernos del matemático, y he participado en festivales de poesía como Ardentísima (Murcia), PAN (Morille, Salamanca), Mucho Más Mayo (Cartagena) y el London Poetry Festival. Preparo, además, colaboraciones literarias para la revista digital Jotdown. Desde tiempos recientes, también actúo como cuentacuentos en inglés y español en colegios y librerías dentro del colectivo Dreams & Tales, realizo recitales sobre poesía y astronomía en colaboración con el astrónomo Juan Ortega, y preparo un recital-concierto con el músico Antonio Arias (Lagartija Nick).



Poética

Mi poesía se caracteriza –como la de casi todos los poetas, por otra parte– por un afán de conocimiento, de penetrar en el  misterio de la vida, perseguido desde múltiples circunstancias: la realidad cotidiana, la vida en pareja, la maternidad, la ciencia, la música, los viajes, el dolor y la felicidad, la infancia, la memoria, el desacomodo ante el mundo, las relaciones familiares o, en mi poemario más reciente, el universo de los cuentos. Desde estos escenarios, y utilizando la ironía para no caer en una innecesaria solemnidad, intento acceder a esos estadios de la revelación humana que sólo la palabra poética puede atisbar. Me asomo a ellos de un modo parecido a como los describe la poeta portuguesa Sophia de Mello con su expresión “entrar en un estado de escritura”: durante un tiempo percibo eso que no se puede describir, que nos conecta a un tiempo con las cosas de aquí y las que no están a nuestro alcance, e intento darle forma. Cuando traduzco poesía también me siento así, del lado más ininteligible de las palabras, a las que accedo por boca de otros. Además, la traducción es un ejercicio espléndido de disciplina lingüística para un poeta.
Desde niña me sentí atraída por la poesía y, aunque entonces no supiera formularlo así, entendí muy pronto su naturaleza de conjuro o encantamiento, su capacidad para darle la vuelta al mundo real o para crear otro más rico, capaz de transportar a cualquiera a lugares soñados. Todavía algún resorte olvidado se activa dentro de mí cuando recuerdo que alguien cercano me recitaba, en mi infancia, el antiguo “Romance de la condesita”: “Grandes guerras se publican / por la tierra y por el mar…” Por eso, hasta hoy, siempre hago mucho hincapié en la oralidad de la poesía y participo en recitales individuales o colectivos, con música y dramatización, así como en actividades para niños, cada vez que se presenta la ocasión. Creo que el ritmo es la espina dorsal de la poesía y que éste nos remite no sólo a la literatura, sino también a la música, al teatro y a la experiencia oral, popular y comunal que el género conlleva, y cuya naturaleza se reinventa continuamente –por ejemplo en derivaciones como el arte del trovo, el Spoken Word, la “perfopoesía” o la canción de autor, que no es sino una versión contemporánea del mester de juglaría–.
También mi interés por los idiomas –aparte del inglés, estudié latín y griego, francés, alemán y un poco de ruso–, tiene que ver con la pasión por la palabra y su peculiar fraseo dentro de la poesía. Me gusta leer poesía en otros idiomas –sobre todo en inglés: Shakespeare, los románticos y los modernistas son mis principales maestros– o, cuando menos, en ediciones bilingües, porque la extrañeza que de por sí ofrece la palabra poética aumenta su resonancia en la lengua de otros. Es como leer las palabras vueltas del revés en un espejo: un ejercicio que nos dice cosas de nosotros que no podríamos entender de otra manera, y que acaso nunca lleguemos a entender del todo. A veces esto me sucede no sólo con poetas que escriben en otras lenguas, sino con poetas españoles o sudamericanos que manejan el lenguaje como si acabara de inventarse, como pueda ser el caso extremo de César Vallejo, pero también el de otros muchos –Rubén Darío, Ernesto Cardenal, Juan Gelman, Gioconda Belli…– .


POEMAS de Tu suerte está en Ispahán, 2012

PRÓLOGO



Mi ventana es el eje de mi visión, la única luz verdadera sobre el mundo.
Antonio Llorente




Todo el viaje de la vida cabe en los confines imprevistos de una habitación,

una habitación a la que mesa, ventana y unos pocos libros bastan,

ventana abierta a la cadencia mustia de un patio de luces al bullicio airoso de la calle en día de mercado

a la monotonía del mar,

tanto da mientras sea ventana,
ojo que ve

mientras la vida estalla postigos adentro en ese útero contiguo a tantos otros,

al del pájaro de la infancia el lecho vacío o bien colmado la cocina con su eterna fragancia de café recién hecho,

todo el aliento de la vida cabe en los pulmones de quien ahí dentro se afana
se consume

llora o ríe entre la escasa,
la anchurosa compañía de sus libros

-los que han llegado a ser suyos-

y la pobre compañía de sí mismo, náufrago o fugado sin billete y sin destino que,
no obstante,

tanto sabe de trenes a deshora,
de estaciones desangeladas,

esto es,
sin rastro de los ángeles que otrora las poblaron,

y así, sin más equipaje que un poema
y la soledad teñida por la humedad de la noche

-el relente de un rosario de noches-

pero con el impulso intacto del insomnio y la promesa de la luz

que, más tarde, tenue o ardorosa,
entrará por su ventana perennemente abierta,

emprende el mismo rumbo cada madrugada,
                                                                                 
vuelve, como es costumbre,
su corazón itinerante a revolver,
con áureas alas,

el polvo ajado, roto,
                           pero aún vivo,
vivo, vivo,

            del camino que traza la vida
del camino que traza la pluma en su

viaje de confines imprevistos.



X



Saciado en el hambre de una historia,
una palabra,
un lugar,

saciado en el cénit de su soledad,
su intemperie,
 azotado por el gozo de la arena que baila en pos del viento,
                                                                                 
el viajero medita satisfecho,
 sí.
Pero,
                                                                                 
¿Y la sed?


XV



Saboreada la lluvia, aspirado su olor a tierra, podemos volver a soñar palabras.

Las palabras son monedas de oro que salen de la boca en la clarividencia del sueño.

Vomitamos palabras porque nos hacen ricos: las palabras urden cuentos,

los cuentos nos llevan en volandas, plenos de riqueza y
de felicidad,
al umbral exquisito y profuso

de la muerte.

Somos los mercaderes más afamados, nuestras delicadas telas las más preciadas en todo el Oriente.

Cuando lleguemos a Ispahán, se las ofreceremos todas a ella, las extenderemos con sumo esmero a sus pies. Ella sonreirá, asentirá y observará sorprendida:
                                                                                  “¡Tan largo camino para tantas palabras!

7 comentarios:

Rafael-José Díaz dijo...

Excelentes poemas, amiga Natalia. Me ha conmovido especialmente el primero, que contiene toda una poética de la mirada y de su relación con las palabras y la vida. Un saludo.

Juan de Dios García dijo...

"Saboreada la lluvia, aspirado su olor a tierra..."
Poesía sensorial. Me gusta.
Bienvenida, Natalia.

antonio molina medina dijo...

La sed se aplaca: acoplando
tu cuerpo su cuerpo.
Saboreando los caldos de su piel
Dejarse derretir cual incienso
Y mecerse en tus brazos
Zozobrar entre tus manos
Apasionado cáliz
Que sorbería sin remedio


Gracias por ser fuengte de inspiración y compartir.
un abrazo

antonio

Pedro Donangelo dijo...

Natalia: te invito a visitar, y a colaborar con El poeta ocasional

Te saluda.
Pedro Donangelo

Ángel Montilla dijo...

Hola, Natalia. Quiero felicitarte por tus poemas, que no conocía, a pesar de que también ando por esta e-antología. Pero más que nada quiero darte las gracias por el artículo "Deseando amar" que acabo de leer (lo tenía en la cola de lectura del Kindle). Es de ese tipo de cosas con las que te sientes identificado hasta la médula o las trancas, que diría un castizo. Un saludo cordial.

Pilar dijo...

Brindo por la sed inagotable.

Javier Castillo Blanco dijo...

Gracias por encontrar tus palabras y por el descubrimiento de Lorine Niedecker.

Abrazos.