jueves, 10 de marzo de 2011

VÍCTOR MARTÍN IGLESIAS

























Mencionado por:
Álex Chico
Víctor Peña Dacosta

Menciona a:
Nicanor Parra
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Álex Chico
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Víctor Peña Dacosta
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Bio-bibliografía

Víctor Martín Iglesias (Plasencia, 1985). Soy diplomado en magisterio, licenciado en Teoría de la Literatura y Literaturas Comparadas y máster en Estudios Hispánicos. He estudiado en las universidades de Extremadura, Cardiff (Reino Unido), Lieja (Bélgica) y Villanova (Estados Unidos). Actualmente trabajo como profesor de español en la universidad de Villanova, Filadelfia, Estados Unidos. Mis poemas aparecieron por primera vez en diversos fanzines y revistas. A principios de 2010 cuatro de mis últimos poemas (pertenecientes al poemario Suplicaréis clemencia, aún inédito) aparecieron en la antología Poesía en Villanova. En noviembre de 2010 publiqué mi primer poemario, Cómo hemos llegado a esto, en la editorial Casavaria Publishing de New Jersey, EE.UU. En diciembre del mismo año se presentó en España. Colaboro en la revista de humanidades Naufragios donde además de poemas he publicado mi primer artículo de investigación: La ilógica del tiempo y del espacio en Cuaderno de Nueva York de José Hierro. Mi blog es: http://casualmenteaqui.wordpress.com/




Poética

Nunca he sabido muy bien por qué escribo y desde luego no sé para qué. Me digo a mi mismo que podría perfectamente no hacerlo, como el adicto de dice a sí mismo “puedo dejarlo cuando quiera” o como el niño se encoge de hombros cuando, tras una travesura, el adulto le pregunta por qué lo hizo. De lo que se oye y lee por ahí, las palabras con las que más me identifico son las de Vargas Llosa: “Me planteé en serio la idea de ser un escritor sólo cuando era estudiante universitario, cuando me di cuenta de que la literatura era para mí algo muy importante y que la idea de dedicar mi vida a otra cosa me resultaba deprimente, me resultaba desmoralizador.”



Poemas



AUTORRETRATO


Podría resumirse en que a mis veinte años
me mordía las uñas todavía. Y enumerar errores
y aciertos. Pero no tendría mucho sentido.

Empecé a escribir a la misma edad que todos.

Aunque tengo buena memoria existen
pasajes confusos o desaparecidos.
Más debidos, lo confieso,
al exceso que a otra cosa
debió de ser sobre los doce años,
cuando me arrepentí por última vez de mis pecados.

Ninguna de mis ansias amansó la música,
más bien diría que en algunos casos
las fomentó hasta límites insospechados. De los amigos,
bien, gracias, gasto todo mi dinero
en billetes de avión y en autobuses.

Aprendí de mi padre los rudimentos
de la bicicleta y las primeras lecciones de literatura.
Y entre los castigos de la escuela y una novia
que me enseñó casi tanto como los poemas
me vi envuelto en la publicación
de un fanzine adolescente e incendiario.

Quiero bien a Glenda y espero la muerte de Cupido.
Roberto Bolaño, Piglia, Nicanor Parra,
Peña, Hidalgo, Latinoamérica…

Como ven, cumplo bastante bien la media.




UN BUEN SONETO

Estas palabras son lo que me queda
de los juegos infantiles que jugué
a las puertas de un colegio derruido
con las rodillas llenas de arañazos.

Del colegio a casa y en nuestra casa,
la merienda, El clan del oso cavernario,
no sabía yo entonces todavía
evadir con poemas mis obligaciones.

Pero también de esto uno se olvida
y luego, ya se sabe… la blancura,
el temblor de los cuerpos, etcétera.
Se ha ido acumulando alrededor
de tu cuello en todos estos años
la saliva de tantos hombres…

Del simbolismo a la más pura idea,
de Eros al dios Baco
para acabar, como siempre,
en la parte de atrás de un coche.

Revolcándonos como adolescentes,
odiándonos como ancianos.

No supe escribirte un buen soneto,
así que, ya ves, te escribo lo que puedo.

El tiempo nos exige demasiado
y sin darnos cuenta se vuelve extraño,
nos miramos llegada cierta edad en el espejo
y creemos que vivir pudo haber sido lo contrario.

Llega un punto en el que a veces
ya ni en la ducha tiene uno
esas ganas que tenía de cantar.

Y la pasión por la literatura,
que es una pasión como cualquiera,
termina en desidia como terminan todas




EL ROSTRO REFLEJADO

Como quien firma documentos oficiales.
Postrado en el escritorio, sin recordar siquiera
las más sencillas normas del decoro.
Dejándose llevar a otros planetas.

A través de los cristales
nadie le devuelve la mirada,
meses de derrota en la mesilla, como naranjas amargas
de los naranjos de la avenida.

Imposible teñir de otros colores la muralla,
aproximarse al centro radial y desgastado,
esconderse la vida en las vidas ajenas.

Será porque no conoces
los silencios, las heridas
o los signos de puntuación correctos.

Por qué del tiempo indisoluble
perdemos la acción más cotizada…

Todo es cuestión de marketing.