miércoles, 15 de diciembre de 2010

FERNANDO SARRÍA ABADÍA




















Mencionado por:
Francisco Picón
Ricardo Fernández Moyano
Ángel Sobreviela



Menciona a:
Paco Peko
Manuel Martínez Forega
Fernando Aínsa
Silvia Castro
Joaquín Sánchez Vallés
Verónica Victoria Romero Reyes
Carlos González Sanz
Emilio Quintanilla
Ángel Sobreviela
Ricardo Fernández Moyano
José Cercas



Bio-bibliografía

Fernando Sarría Abadía (Ejea de los Caballeros, 1957), ha publicado los libros de poemas El error de las hormigas (Eclipsados, 2008) y El Alhaquín (Acqua, 2009) –primer accésit en el Premio de Poesía Delegación del Gobierno 2008-. Ha sido incluido en las antologías “Versos sin bandera antología poética España – Colombia” (Tusitala, 2009) y “Poesía en la margen” (Certeza, 2009).
Ha colaborado en diversas revistas literarias y culturales:
El Cronista de la Red (http://www.aragoneria.com/cronista),
Yareah (http://www.yareah.com/magazine/index.php), Criaturas Saturnianas, Imán, Narrativas, Turia.
En su calidad actual de vocal de la Asociación Aragonesa de Escritores, coordina los ciclos Poesía para Perdidos (recitales de poesía y música).
Mantiene diversos blogs poéticos y literarios, entre los que destacan:
Fernando Sarría (http://fernandosarria.blogspot.com/),
Crepusculariosiglo21 (http://crepusculariosiglo21.blogspot.com/),
Estravagario siglo21(http://estravagariosiglo21.blogspot.com/),
Babel (http://bibliotecadebabelsiglo21.blogspot.com/)

Licenciado en Filosofía y Letras (Historia del Arte) por la Universidad de Zaragoza, ha dedicado varios años a la investigación en Historia del Arte (en concreto a la escultura del siglo XVI aragonés). En esta materia ha participado en más de veinte trabajos en distintas publicaciones y revistas especializadas, incluyendo el ensayo monográfico El retablo aragonés del siglo XVI. Estudio evolutivo de las mazonerías (Gobierno de Aragón, 1992) y la exposición Escultura aragonesa del siglo XVI (Museo Camón Aznar, 1993).



Otra Poética

Para M. Martínez Forega a propósito de su poema Poesis

Dice el poeta que el tiempo lo posee todo,
pero que cuando consigue descansar,
abrigado a la luz de algún silencio,
puede enunciar un mundo de telúricas imágenes,
ese término en que invierte las emociones
y se deja llevar por todos los arrabales de la memoria.
A pesar del aire, respirar no es sencillo.
Arder entre las sílabas que forman las cosas, al nombrarlas
en este bosque de fronda interminable,
se hace demasiado difícil en las largas tardes de invierno.
Me debe la humedad la lluvia,
su temporal devastador,
la tormenta ciega, el fuego del relámpago.
Pero soy agreste cuando solitario me habita un lobo,
camino por la senda invertebrada de la mentira
o me dejo seducir por el deseo imperturbable de mi piel.
Trae la noche ásperas estrellas,
astros calcinados hace miles de años,
y sin embargo sentirlos, suaves
como quebradas preguntas sin respuesta humana,
deja en el viento,
que me acalla, el dolor del misterio.
En la urdimbre de las rosas,
en su aroma prendido al pecho,
en esa quimera de dragón que cruza la luz
y se hace dueña del jardín
enumerando el sueño de las últimas arañas,
en su tela ya rota y apenas reconocible,
entre los pájaros ahora de silentes vuelos
o en la desarbolada rendija de frutos y guirnaldas
de las cuales se apodera el humus,
hay todavía exenta la caricia de un verano pródigo y candente,
todo lo que rezuma la sed de los días perdidos.
Desde este rincón del cielo,
o tal vez de un infierno interior y posesivo,
absorto en la ciudad y en sus arterias,
un río sin puentes se deshace en mí
y me llama a hurgar en todas las cosas que pueblan mi sangre…
tal vez sea mi poética un cúmulo de símbolos
o únicamente la manera más sencilla de pedir que me quieran,
que me escuchen y me deban algo por lo que recordarme.





Poemas


París

No he vuelto a estar en septiembre en París,
cuando caen las hojas y navegan silenciosas
en los charcos de la lluvia.
Puedo recordar tus dedos,
pequeños y fríos dentro de mi anorak,
buscando mi mano, apretándola sin llegar a abarcarla,
recitándome fragmentos de Los versos del capitán de Neruda.
Así, entre la lluvia y el otoño arrimados a nosotros,
pasear por los campos de Marte o a las orillas del Sena
nos procuraba la garantía de la soledad,
la ciudad abandonada en la tarde ante nuestros pies,
mientras el silencio nos alejaba de los demás
y tu voz era la luz que todavía me alumbraba.



Mi padre fumaba poco
y lo hacía en una pipa pequeña y sencilla,
que desgastada llegó a mi.
Es, junto con las fotografías,
la carta de amor que le escribió a mi madre
y su esquela, lo único que de él
he tenido entre mis manos.
Con aquella pipa empecé a fumar.
Era una extraña emoción sentir
cómo el humo llegaba hasta mi boca,
mientras la sostenía en mi mano
igual que tantas veces lo hizo él.
Fue lo único,
que salvado el tiempo,
pudimos hacer juntos.




Echo de menos el vuelo encendido de los vencejos,
la irregular trascendencia de las horas,
el olor de la tahona como el vientre cálido de una madre
o el despertar cruzado en el borde de un horizonte sin palabras.
Todas las mañanas que la infancia se reservó en la memoria
cuando el frío era un habitante más de la casa.

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