lunes, 5 de abril de 2010

JUAN CARLOS FRIEBE














Foto: Arabesco




José Carlos Rosales
Juan Peregrina

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José Carlos Rosales


Bio-bibliografía

Juan Carlos Friebe (Granada, 1968) es autor de “Anecdotario” (1992), “Poemas Perplejos” (1995), “Aria contra coral” (2002), “Las briznas: Poemas para consuelo de Hugo van der Goes” (2007) y “Poemas a quemarropa” (2011). También ha publicado “Las canciones de la vereda” (2011), una recopilación de coplas escritas para ser cantadas por distintos palos flamencos. Una parte sustancial de su obra se desarrolla en paralelo junto a creadores de diversas disciplinas. Fruto de estas colaboraciones publica “Las Bacantes” (2009), libreto del poema escénico basado en la tragedia de Eurípides, bajo la dirección del artista Jaime García, con música del compositor croata Frano Kakarigi. Junto a Jaime García también ha participado en las instalaciones “Tres estancias de un apartamento burgués” (2007) y “El Sueño de isabel” (2010). Entre otras cooperaciones destacan las colecciones de poemas escritos para los catálogos de la grabadora María José de Córdoba (“Mundos paralelos”, 2002) y el pintor Valentín Albardíaz (“Un kilim para Rimbaud”, 2009).





Poética

A veces he cometido algún poema del que no me siento culpable, y le ayudo a escapar. Pero nunca he perpetrado una poética. Es un artefacto peligroso e inestable que suele estallar entre las manos, a poco que te descuides. Y yo las necesito para seguir escribiendo: para reflexionar, para celebrar, para condolerme o para cantar o acariciar este palmo de existencia que nos va quedando, y al que todavía podemos llamar, con cierta propiedad, vida.

En cualquier caso, “Pase, cuelgue / su tristeza, aquí / le está permitido guardar silencio”. Seguro que Reiner Kunze pensaba en otra cosa.




Poemas


GLOSAS ÍNTIMAS, 1

De una rama truncada del nogal pende la trampa.

Una campana en apariencia ingenua, en cuyo interior alguien vertió una tentadora golosina, mezcla de azúcar disuelto en agua pensativa y pétalos blanquísimos de celinda fragante. Sus víctimas acceden a ella a través de una pequeña abertura circular situada en su base. Una vez dentro, cada una se enfrenta a su suerte de una forma distinta, aunque alguna tardará en comprender que aquello que la tienta la condena.

El moscardón zumbón y gordezuelo parece afrontarla con razonable apetito, y se entrega con deleite al inesperado festín cuando, ah, qué es esto, advierte que sus patas no pueden separarse de la mezcla. Devanándose los ojos ocelados con las manitas delanteras, una mosca medita en el techo el sorprendente suceso. La sagaz avispa, rápida de pensamiento y vuelo, avisada del peligro en que se halla, trata enfurecida de encontrar salida hasta que cae, desfallecida, en la disolución fatal. Alguna típula, como conservada en ámbar, yace suavemente muerta, en el fondo.

Pienso, sin lograr que la idea se desvanezca, en el hombre.




DESNUDO

O quam tristis et afflicta
fuit illa benedicta

Mater Unigeniti.



Entra un hombre en el claustro. Otro más
escoge el hábito de monje austero
para mirar a Dios desde su celda,
o para huir del orbe y sus horrores;
para verle de frente, cara a cara,
o no enfrentarse al rostro que reprocha el espejo.
Viene con humildad, que le conviene,
pues busque lo que busque, la soledad es honda
y hondo daña, si no halla pronto algún
sentido. Entra un hombre y en el claustro
un silencio recoge su llegada
con respeto y recelo, obligada cautela:
trae consigo el barro de la ciénaga,
lodos de callejuelas tenebrosas,
fangos de su flaqueza y de su culpa
aunque en su pecho habite un hombre bueno.
Se despojó de harapos y pecados
al franquear el patio, su mugriento vestido,
como si aquello que nos cubre fuera
la verdadera piel de nuestra carne
y no el disfraz, igual que el perfil es tan sólo
la mitad de una máscara. Aun desnudo,
en su mirada hay tormento y mácula,
brasas de su pasado, cicatrices recientes.
Estos son los pilares que sustentan
el convento, los árboles del patio,
sus lustrosos manzanos condenados,
igual que los arriates mimados de verónicas
se abonaron de estiércol. Los leones
rugen en las arcadas mientras gorjean aves
coronando los ábacos, hambrientos
corazones, gargantas lastimadas
de voces serafines que no pueden vivir
aquí en la tierra, y se alzan en un coro
que si merece el cielo, no le mueve a piedad.





ÓLEO SOBRE LIENZO
Detalle, I


Llegó a la plaza en fiesta empujando un carrito
que encendió en las manos destartalados ruegos.
Encarecidos índices de niños churretosos
trastabillaron entre sí en el aire
reclamando las mismas golosinas,
y quedaron vacíos los columpios
igual que un corazón sin alegría.
El balancín siguió balanceando su lánguido chirriar
como agrietando el tiempo, lastimándolo;
las caretas de chino mandarín
vieron ponerse triste al tobogán,
y durante un instante de complaciente holganza
que bien pudo durar cuanto un suspiro,
quedé absorto degustando el día
consciente de gozar un raro privilegio.

Como escuchando a mayo en una caracola.






UN ELEFANTE EN LA TELA DE UNA ARAÑA

Admiro la tenaz entrega de la araña
a su sobria tarea, que convierte
en mosaico bellísimo una trampa,
no su astucia en el arde de dar caza.
Cuando intuye el peligro de la lluvia
recoge su trabajo prodigioso
con tanta habilidad que es milagro;
si el viento o el tiempo dañan su labor
la reconstruye, persevera, enhebra
el hilo en sus agujas con paciencia
antes sabia que humilde, y su remiendo
devuelve resistencia y transparencia,
acaso aún más, a su red inclemente.
Entiendo que se trata de una forma
no antigua, primitiva, de existencia;
que la voracidad guía el impulso
que impele a ejecutar la delicada
obra –casi suntuosa de primor tan extremo-,
no el febril simulacro de una idea
inteligente, o el ímpetu de una fantasía.
No ignoro que su táctica consiste
en una táctica de subsistencia,
cobarde ardid que su debilidad
ingenia y la costumbre perfecciona
con elegancia pavorosa.
Hay algo en la afilada exactitud
de sus inexorables movimientos
que me fascina y me estremece, algo
perverso en la perfecta ejecución
de su trampa mortal que me rebela
contra su impunidad de cazadora.
Pero quien quiera amar sin ser herido,
que es morir a manos de lo amado,
aprenda la enseñanza de la naturaleza,
y no se arroje al mundo sin escudo
ni estrategia; despliegue con cuidado
su propia telaraña y, si el viento
o el tiempo la destruyen, persevere;
y, si no ame, al menos sobreviva.

1 comentario:

veronica pedemonte dijo...

Un lirismo estremecedor.

Me ha encantado sobre todo este verso "arriates mimados de verónicas".
Interiorizas, cómo no , que la flor de loto nace en el lodo.


http://losotroseuropeos.blogspot.com/