lunes, 27 de abril de 2009

ALFREDO RODRÍGUEZ
















(Foto: Carmen Marí)




Mencionado por:
Juan de Dios García

Menciona a:
José María Álvarez
Antonio Colinas
Julios Martínez Mesanza
Miguel Ángel Velasco
José Antonio Martínez Muñoz
Juan de Dios García
Javier Asiáin
Santi Elso



Bio-bibliografía

Alfredo Rodríguez nació en Pamplona en 1969 y es Licenciado en Derecho por la Universidad de Navarra. Finalista de la 59º edición del Premio Adonáis de Poesía (2005). Gana en 2007 el XIII Premio de Poesía “Voces del Chamamé-Ayuntamiento de Pravia”. Ha publicado Salvar la vida con Álvarez (2006), Regreso a Alba Longa (2008), y La vida equivocada (2008).

Su blog: http://elbotindelmundo.blogspot.com/


Poemas


LA LUZ NATURAL DE LA MENTE
(Cristales clavados en la espalda de un niño)

Cuando debías tener poco más de unos meses,
y tu vida ya revelaba secretos que ningún hombre
debía conocer, era verano y te tumbaron boca abajo,
la espalda desnuda, una cuna detrás de una puerta
semiabierta, un cristal traslúcido en medio,
desmedrado.

Te dejaron sólo en un descuido, hubo una fuerte corriente
de aire, un estruendo, el cristal de la puerta se hizo añicos
sobre tu frágil, diminuta espalda, de fina piel de cáscara
de huevo, líquidos cristales de súbito hiriendo, injertándose
alma adentro, trémula de niño, eran ya parte de ti
ante la vida.

Si aún hoy, treinta y siete años después,
descubrir esa verdad retadora pasa a través de un delicado
equilibrio, estigmas adornan en tu espalda, profundos surcos,
como si tu sangre fuera una clase de veneno,
el derecho a perderse, enredada pendencia entre los versos,
de hielo brillante y transparente tus ojos, exuberancia visual,
deleite visual, del estigma de la poesía penetrado tu cuerpo,
trazada insoluble su materia, suscitando alguna vez
desusada admiración.

De más allá, trabadas escaramuzas, abiertas hendiduras,
de no se sabe muy bien dónde, la palabra fácil y delicada
o tentar a la Fortuna.

Tu vida brava para siempre asida con tales prendas,
y los placeres del mundo, imponderables, palabras irisadas
como frecuentes fluidos que tuviera que ir eliminando
poco a poco tu organismo, y todo en ti fuera luz,
total absorción de luz, un gran anillo de luz
pura y sin fin, la impronta del verso
en tu naturaleza humana.




HOMBRE QUE CREE VER LO QUE NO VE

No borres de mí este amor, dulce hermana,
toma en tu seno a este pobre hombre perdido,
hazlo tuyo, pues no hay nadie que tenga ya
nada más que enseñarle, ni en ello halle siquiera
mayor ambición o intriga. Este hombre
que cree ver lo que no ve
para no quedarse dormido mientras vela.

Excavado en sueños el pecio
del navío romano cuyas ánforas
contuvieran el defrutum, dale de beber
ese elixir mágico que eleva el espíritu
y la voluntad fortalece. Su sabor
sólo refinados paladares sabrán apreciar.
Y arroja las gotas que caigan
de sus labios al fuego.

Mantén libre su alma, libre y capaz de juzgar
con libertad sobre las cosas.
Este hombre tan dado a descubrir
lo ya descubierto,
que ha hecho dentro de sí mismo
profesión epicúrea de fe.

Ahora que la vida
es una forma nueva de barbarie,
que triunfan sus intrigas más que la verdad,
presto a descifrar sus escritos secretos
entrégale en propiedad lo que la poesía
brindó a los Antiguos. Toda la sabiduría
y el discernimiento del mundo.
Pues suyo es el deseo de perpetuar
esta hora feliz y placentera.

Ahora que le está llamando, agostada,
la muerte desde una puerta secreta,
no dejes que su débil cuerpo
sea la ofrenda.
Ahora que por fin ya sabe
cómo gozar de su ser,
cómo ennoblecer su vida,
no dejes que se retire de ella
cual de la mesa un convidado ahíto.




LA MORGUE DEL MUNDO

Había muertos y no había nada,
debajo de nosotros no había nada,
nada más que aire, dispersión de la luz
y nada más que aire, fría y silenciosa
indiferencia. No inquieras saber más.
Estaba servida la derrota,
extendida la palabra amarga,
la búsqueda deshabitada.
Ya no amábamos,
nuestros sentimientos no eran los mismos,
incapaces de reconocer nuestros errores
funestos augurios se cumplían.
Esta humanidad abatida, expulsada
de sus predios ancestrales, que bien podría
no haber existido, que fió su suerte a su astucia
y al paso del tiempo sosegó el revuelo;
obligada en cada noche a narrar un cuento
como Shahrazad para librarse de su muerte;
nadando en manantiales de abyectas aguas,
acumulando absurdos tesoros de todo el orbe
conocido, joyas camafeos marfiles sedas preciosas.
Bárbaros contumaces, sin sentido alguno
de la permanencia, sin una necesidad de belleza
de verdad ni de discernimiento. Devastadores,
hostiles hacia lo que no entendían.
Negando
lo más importante,
lo único digno de estima,
lo único que hubiera
ennoblecido nuestra vida.

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