domingo, 2 de noviembre de 2008

JORGE G. ARANGUREN
















Mencionado por:
Francisco Javier Irazoki

Menciona a:
José Fernández de la Sota
Antonio Enrique
Pilar Rubio Muntaner
Ramiro Pinilla
Francisco Javier Irazoki
Antonio Martínez Sarrión
Pureza Canelo
Fernando Aramburu
Álvaro Díaz Huici
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Javier Aguirre Gandarias
Patxi Ezkiaga
Felipe Juaristi
Ildefonso Rodríguez
Ángel de Miguel
Carlos Aurtenetxe
Antonio Montesino



Bio-bibliografía

Jorge G. Aranguren (San Sebastián, 1938) es poeta y narrador. Ha ganado los premios de poesía Adonais (con De fuegos, tigres, ríos…, en 1976) y Ciudad de Irún (con Largo regreso a Ítaca y otros poemas, en 1972). También obtuvo el premio de relatos Ciudad de San Sebastián (con Últimas imaginarias, en 1974) y el de novela Villa de Bilbao (con El cielo para Bwana, en 1976). Cofundó las revistas literarias Kurpil (1973-1977) y Kantil (1977-1981). El volumen Fuego lento (Universidad del País Vasco, Leioa, 1989) recoge su poesía completa hasta el año 1988.
Es asimismo autor de las novelas Un hueco en el mundo (Editorial Txertoa, San Sebastián, 1992) y Cuarto de luna (Ediciones Ttarttalo, San Sebastián, 2002), de los volúmenes de relatos Campo de besos (Editorial Dossoles, Burgos, 2000) y De un abril frío (Editorial Menoscuarto, Palencia, 2007) y de los poemarios Aquellas casas (Olerti Etxea, Zarauz, 2003) y Qué perezosos pies (Ediciones Trea, Gijón, 2007).




Poemas

LA VISITA AL AMANECER

Sarà un giorno tranquilo,
di luce fredda.
(C. PAVESE)

No será tan hermosa
como tú;
ni tendrá tu cálida sonrisa,
las pupilas como el campo de octubre,
los pómulos de fruta.

No será hermosa
pero llegará con pies livianos
al despuntar el alba.

Llegará por el camino del rocío,
con dedos nerviosos sujetará el bolso de viaje,
y después
preguntará por mi nombre mientras despiertan los pájaros del huerto.

Pienso que ha de mostrar curiosidad sincera por mi vida,
y a lo mejor,
por halagarme,
me habla de los haikais de Basho
o de mis hijas, que ya estarán casadas y lejanas,
o del mar y sus milagros.
Puede que me hable del colegio y comparta mi recuerdo
de soledad;
llegará tan de mañana que me veré forzado a comprender enseguida.

Le ofreceré de beber
-quedan naranjas frías en el congelador,
sírvase, hija…-.
Me pondré la chaqueta de los domingos y una camisa nueva.

Hablaremos un poquito de todo;
ella cobrará confianza,
le diré: usted me gusta porque se pinta discretamente.

Y nacerá un pequeño y pálido silencio
mientras pasan los primeros camiones de basura y la luna se empaña.

Abrirá el bolso y me enseñará fotos
desvaídas,
flores de papel, banderas y recortes,
sé que me va a costar aguantarme las lágrimas de viejo sentimental.

Toseré un poco, entornaré los párpados,
le diré que he olvidado tantos nombres y días,
que no me importa lo que ya sólo es polvo.

Vendrá la muerte y pisará las migas
puestas para los pájaros,
será sencillo pero tendré miedo,
clareará la mañana y el sol me obligará a cerrar los ojos,
habrá humo blanco en algunas chimeneas.

Pensaré que me quedaba un libro por abrir,
un consejo que dar,
una mejilla donde posar los labios fríos de la vejez, quedarán
amarguras para poner derechas en el último estante.

Pensaré todo eso y nos levantaremos;
ella se arreglará el cabello, me tenderá la mano
con cierta indecisión,
y abriremos sin demasiada prisa la puerta que da al campo
-la tierra helada en la delgada siembra del rocío-.
Cómo te añoraré…

Y creo que por primera vez
una mujer ha de cederme el paso, y yo voy a aceptarlo.

(Del libro Vivir con Proserpina, Kurpil, San Sebastián, 1974)


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MÍNIMO HOMENAJE A BORGES

Teresa de Jesús oyendo ladrar los perros hasta el alba,
y César Borgia bajo el aguanieve, con los ojos hundidos en el bosque,
y David Hume sobre su cama, agitándose por el hedor de las paredes,
y María Alexeia que tosía en el atardecer de Georgia,
y Francisco de Laprida sorbiendo un mate apresurado entre dos luces,
y Lope de Aguirre entretenido en reventarse las chinches,
y Cesare Pavese con sus gafas ahumadas para protegerse del siroco,
y William Beckford haciéndose sangrar por el Físico,
y María Goretti perseguida por los falos de las lechuzas,
y Albert Camus cortándose el cabello en una calle amarilla de Agadir,
y Saint Exupéry volando a Comodoro Ribadavia,
y Nathan Hale ajustándose los quevedos,
y Quevedo arrebujado en su sobretodo, muerto de amor por las cenizas
y las causas perdidas,
y Franco Bahamonde en el quirófano, viendo en el techo las grises
parvadas del Jarama,
y tú que estás leyéndome,
todos nosotros,
Jorge Luis, que somos
tan sólo sueños, sombras, recortes de ficciones.

(Del libro De fuegos, tigres, ríos…, Rialp, Madrid, 1977)


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FRANCISCO FRANCO

Subes toda la noche por un camino de moreras
hacia poniente,
sobre guijarros que son nombres de hierro,
manos alzadas, fulgores de una despedida;
y también cicatrices,
daguerrotipos sin reposo,
memoria de la ceniza en las cunetas,
en el sucio mármol de los desolladeros,
consejas ínfimas, bulas
para la muerte,
voces escarnecidas y vacilantes,
pedacitos de aserrín.
Todos los guijarros que no ves
ya no te alcanzan la pena.

Subes toda la noche por un camino de moreras
cuyo fruto nunca tiene consuelo,
recogiendo semillas que enterraste en días de mucha fiebre
con unas uñas poderosas
y que atisban
tras la montaña de despojos;
lívido por el ardor de la vigilia.

El campo frío rompe bajo tus pasos
sus costales,
las tiernas vértebras,
mientras caminas ciego de ansia y displicente
como un profeta,
pequeño dios;
tapas tu carnadura entre el capote y los huesos
con un crujir casi calizo,
desmenuzando entre las botas
los rostros cosidos con alambre,
soñados cuantas veces la guerra te fingía muecas delicadas.

Y piensas en esa pesadumbre
del purgatorio que vas a recorrer
(interminable y con cartones como la piel de la gallina).
Allí tendrás que amarnos
con ardimiento,
con una inútil
feracidad;
y nadie va a corresponderte.

(Del libro Doce para un fagot, Hiperión, Madrid, 1981)

2 comentarios:

luismiguelrabanal dijo...

Excelente, como siempre, Jorge.

marisa dijo...

¡Cuánta belleza encierran estos versos!