jueves, 9 de octubre de 2008

FRANCISCO JAVIER IRAZOKI












Menciona a:
Juan Carlos Mestre
Félix Francisco Casanova
Felipe Benítez Reyes
Álvaro Valverde
Vicente Gallego
Carlos Marzal
Juan Bonilla
Blanca Andreu
Fernando Aramburu
Justo Navarro
Jorge G. Aranguren
Juan Vicente Piqueras
Jesús Munárriz
Vicente Valero
Alber Vázquez
Juan Gracia Armendáriz
Karmelo C. Iribarren
Arturo Tendero
Antonio María Flórez
Jorge Riechmann
Elena Medel
Eduardo Moga




Bio-bibliografía

Francisco Javier Irazoki nació en Lesaka, Navarra, el 21 de octubre de 1954. Fue periodista musical en Madrid. Formó parte de CLOC, grupo de escritores surrealistas. Ha colaborado con el fotógrafo Antonio Arenal. Desde 1993 reside en París, donde ha cursado diversos estudios musicales: Armonía y Composición, Historia de la Música, etc. Ha publicado los libros Árgoma (1980); Cielos segados (su poesía completa hasta 1990, editada por la Universidad del País Vasco en 1992), que incluye los poemarios Árgoma (1976-1980), Desiertos para Hades (1982-1988) y La miniatura infinita (1989-1990); Notas del camino (con Antonio Arenal, 2002); Los hombres intermitentes (Hiperión, 2006).




Poética

Naciste mucho antes que yo, pero no envejeces.
Creo que saltaste de los labios de mis padres, y ya me transformaron tus insinuaciones de maleza. Me marean, pensé, los terrones y las puntas de arbustos que deja ver a su paso.
Luego, excitado, te busqué en todas mis edades. De niño divisaba tu cuerpo inaprensible en cuadernos de hojas cosidas, pero huías por las toperas que excavaste debajo de los renglones. Removí con un palo los orificios de las madrigueras, y sólo encontré el zumo incitante. Siempre fuiste más ágil que mi deseo.
Tuve que padecerte en la adolescencia, cuando tu malicia me instigaba desde lejos. Querías que escuchase los gemidos que te arrancaban tus mejores amantes: el lector ciego, otro que vino de los Andes y un traficante francés. Me vacié en cada sonido y escribí:

Para que yo te ame,
ponte el pecado.


Hasta que los dos caímos en una de las trampas tendidas por tu humedad, y con zarpazos te desgarré el vestido de verano. Mi lengua serpenteó en ese barranco negro.
La fuerza de la juventud no pudo unirnos. Harto de mi incapacidad, te llamé prostituta del vacío y cualquier insolencia. Al anochecer me sentaba en una calle desierta y tú pasaste con un balde lleno de peces.
Ahora que recuerdo aquellas pasiones, nos visitamos en paz y agito tus regalos. Me diste tres botellas, dos en la infancia, una en la edad adulta; todavía paladeo tus voces que no entiendo. A cambio renuevo las antiguas picardías y digo te probaré despacio, hazte un ovillo y entra en mi boca, vecina palabra.

(En Los hombres intermitentes, Madrid, Hiperión, 2006)




Poemas

AUTORRETRATO


Lo mejor de mi cara es la lechuza. Vive impasible, subida a unas zarzas blancas. A veces noto el roce de su plumaje amarillo en la frente, o de sus uñas negras que dan cuerda al tiempo en mis arrugas. Me desvela las noches en que caza demasiado, y las mujeres me consolaron al oír su graznido lúgubre cuando volaba. Si me pongo delante de un espejo, no puedo sostenerle la mirada.

(De Los hombres intermitentes, Madrid, Hiperión, 2006)


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PALABRA DE ÁRBOL

No conocí al que murió en el vientre de mi madre. La abuela lo recogió, dijo que era grande como un guía y lo puso en el hoyo que el padre había cavado entre las raíces de mi higuera preferida.
Yo pasaba tardes enteras bajo el gris áspero de las hojas del árbol, esperando que naciesen los higos. Cogía al fin el fruto blando y tocaba su piel negra que después deshacía en tiras. Cada hilo era una puerta para adentrarme en mi hermano muerto y lo paladeaba al ritmo lento de un viajero antiguo. Luego rompía con los dientes las semillas menudas del interior. Ellas contenían palabras, voces que subieron por la savia de la higuera.
Los otros niños crecieron descubriendo aventuras. Para mí, crecer fue sentir el paso del tiempo al escuchar los mensajes que un muerto me enviaba desde sus frutos.
Alguien quiso una ceremonia devota en aquel lugar. De la cartera de mi ojo derecho saqué una lágrima inmóvil. Una lágrima petrificada que se transformó en blasfemia de fuego cuando la deposité en la escudilla situada a los pies de los ídolos.

(De Los hombres intermitentes, Madrid, Hiperión, 2006)


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LECCIÓN DE PÁJAROS

Nevaba cinco o seis veces al año. Pero era de verdad, y los prados, las casas y los árboles amanecían cubiertos del color blanco que cegaba a los caballos. Éstos rompían con sus cascos la nieve, en busca de un poco de hierba sepultaba, o golpeaban con el hocico las ramas, y morían después de comer las hojas de los tejos. Los pájaros, hambrientos, les despedían con un réquiem muy delgado.
Veíamos el vuelo desorientado de los petirrojos y tordos, hasta que descubrían la abertura de la vivienda. Entraban en aquel túnel y caían a un desierto de oro: el suelo del desván cubierto de mazorcas de maíz.
Algunas aves llegaban sin energía para comer los granos sobre los que enseguida se desplomaban. Yo, niño pequeño, apretaba con fuerza sus bultos para fundir los hielos de la muerte, y descendía rápidamente a la habitación donde una cocina de leña caldeaba los cuerpos de mi familia. Colocaba los pájaros cerca del horno. Ardían unos troncos de manzanos y cerezos sobre los que esos pájaros cantaron el verano anterior. Los árboles cortados por el hacha de mi padre agradecían con el calor los cantos que aliviaron su vejez.
Esta fue la primera enseñanza. Vi pronto la sombra, aunque blanca, y el vuelo frágil que quería esquivarla.

(De Los hombres intermitentes, Madrid, Hiperión, 2006)

6 comentarios:

Cesc Fortuny i Fabré dijo...

Para quitarse el sombrero.

Marian Raméntol Serratosa dijo...

Pues sí, para quitarse el sombrero realmente.

Marian

Ana dijo...

Impresionante. No te conocía; lo que me he perdido...
Ana Delgado Cortés

Ada dijo...

Siempre me gusta leer estos Hombres intermitentes y parece que no me canso. Siempre descubro mensajes que llegan desde el fondo de los bosques o desde los espejos a los que me asomo buscando respuestas, y siempre hay un hombre intermitente que me susurra como mirar y en qué dirección.

Esta semana conseguí, por fin, el libro Cielos segados, ma ha costado mucho pero al fin lo tengo, un buscado y deseado triunfo.
Besos.

Hasier Larretxea dijo...

Aunitz poztu nau hemen topatzeak.Zorionak!

Andoni Rentería dijo...

Baita ni ere, asko poztu nau.