sábado, 12 de abril de 2008

ANTONIO GUTIÉRREZ TURRIÓN




Mencionado por:
José Luis Morante.

Menciona a:
José Luis Morante,
Luis Felipe Comendador,
Luis García Montero,
Carlos Marzal,
Javier Almuzara.




Bio-bibliografía

Antonio Gutiérrez Turrión (Valero de la Sierra, Salamanca, 1950). Catedrático de Literatura en el I.E.S. Ramón Olleros de Béjar. Ha publicado tres poemarios: De ser y estar; Diario de la tarde; Brindis al sol. Y una novela autobiográfica: El manantial sonoro. Colaborador durante muchos años en prensa, con su columna “Al sur”, ha participado en diversas obras colectivas y conserva en su biblioteca otras seis obras poéticas inéditas. Actualmente mantiene su contacto con los lectores, a diario, a través del blog “Desde mi terraza”. Llevan su firma diversos trabajos de investigación lingüística y literaria.



Poética

Sólo creo en la poética que se sustente en una vida poética. Hablo, por supuesto, de una vida interior. A pesar del poeta como el perfecto fingidor, nadie hay que pueda fingir siempre sin perder por todas partes grados de verosimilitud. La creación es siempre autobiográfica y la poesía no es otra cosa que la extensión, más o menos velada, de la vida. Por eso me refugio en los autores que creo más personales y hasta personalistas: Antonio Machado, Miguel de Unamuno, Miguel Hernández, y los filósofos existencialistas en general. No le hago ascos a la poesía más actual, pero tampoco la llamo angustiosamente.
Habría, en consecuencia, muchas poéticas, tantas como conciencias vitales bien organizadas se muestren en los versos. Y no todas tienen por qué ser coincidentes. La clave está en la verosimilitud, en el ajuste entre la vida y la poesía, entre el discurrir vital interior y el discurrir poético. La mía aspira a mirar con ojos sorprendidos sobre todo el paso inexorable del tiempo y la función o disfunción del ser humano en él. O sea, que me apunto a aquello del maestro: “La poesía es palabra en el tiempo”.





Poemas



EN esta tarde lenta y calurosa
me habita una existencia desvaída.
Las cinco en el reloj
del patio de mi casa. Unos niños
se agrupan a la sombra,
sin consciencia del tiempo;
a mí me llama el frío, y la tristeza
me ocupa lentamente
desde la noche aquella de tu ausencia.

Te fuiste tan deprisa, sin avisar siquiera:
-tal vez aquel amago
de no admitir con calma la frescura
del agua en aquel cuerpo,
exhausto de sudores,
debió haberme advertido
de la exacta intención de despedirte-.


Debí haber preparado
la soledad futura
de las tardes sin ti,
acaso como esta en que me siento
densamente poblado con tu ausencia.

De “De ser y estar”




UN viernes ceniciento.
El azar me sorprende
en un silencio oscuro,
mirando, entre la niebla,
la aparición constante de la lluvia.

Todo fluye del centro de la nada,
en una densidad desconcertante.
Del fondo del pasillo
emerge tu figura, que se afirma
al compás impreciso de tus pasos.

Es viernes. Embarcamos
en el tren de la niebla.
Recorrido previsto:
estaciones confusas
de otro fin de semana.

De “Diario de la tarde”




TUVE mi primer roce
contra tu vientre verde y pedregoso,
hecha luz la pizarra cara al cielo
y detenido el tiempo
en la tenaz corteza de la encina.

Era de amanecida, en los contornos
imprecisos y tenues, cuando el alba
se anuncia entre senderos luminosos.

Los pasos silenciosos de una fuerza
gastada me soltaron
a convivir con los cimientos pardos
de la raíz y la piedra,
al lado del camino
que conduce hasta el agua
y pierde los confines
más allá de los ecos de las nubes.

¡Qué sensación de intruso,
de ser ocasional entre la encina,
al lado de la jara, dibujando
el contorno del eco prolongado
del jabalí y del búho! Las palomas
dibujaron un cielo de ternura
cuando vieron mi cuerpo a la intemperie,
desdibujado y torpe,
cargado de repente
con las gruesas cadenas
del tiempo y del espacio,
viajero desvalido, sin billete
hacia estación ninguna del camino.

Pero la jara eterna
y el sabor infinito de la encina
renovaron sus hojas y sus mieles,
las abejas vinieron
a libarlas
y a ofrecerme sus frutos,
a entregarme sus leyes
y a acogerme en sus brazos.

El eco de los ecos de la vida
resonaba feliz en la ladera,
matriz de la ceniza y de la nada.

De “Brindis al sol”





CONTEMPLO mis arrugas en la tarde
y observo que al resguardo de sus surcos
se acunan muchas horas
cuyos despojos densos
apenas si contaban en mi mente;
es como si tenuemente volviera
la luz a las bombillas, la locura
al tiempo de ternura y armonía.

Y mis dedos son largos esta tarde,
son casi interminables,
testigos infinitos de mi vida.
Con ellos escribí mi primer verso, ´
desdibujé las formas de las cosas,
toqué el fuego sagrado
de los seres que he amado.
A veces señalé el árbol maldito
de la fruta prohibida,
y a veces con mis dedos
dejé sonar el canto de la melancolía.

Todo se encuentra en estos surcos
que soportan mis huesos.
Mis surcos, mis arrugas:
mi vida en apacible sementera.

Inédito

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