lunes, 12 de noviembre de 2007

RAMÓN GARCÍA MATEOS








Mencionado por:
Eduardo Moga
Luis Felipe Comendador
Vicente Llorente

Menciona a:
Gerard Vergés
Antonio Gamoneda
Félix Grande
Ángel García López
Ramón Oteo
Juan Carlos Mestre
Eduardo Moga
Luis Felipe Comendador
Máximo Hernández
Juan López-Carrillo
Alfredo Gavin



Bio-bibliografía
Ramón García Mateos nació en Salamanca un 30 de septiembre de 1960. Ha vivido en Salamanca —en el pueblo de Cerralbo, de donde guarda el poso indeleble de la infancia y el sabor a tierra y luz de las palabras—, Galicia —en O Barco de Valdeorras, territorio fronterizo y lejanamente mágico— y Cataluña —en Reus, patria de Gabriel Ferrater, y Cambrils, localidad marinera en la que actualmente reside.
Cursó estudios de Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona; desde 1985 ejerce la docencia en el Instituto de Enseñanza Secundaria de Cambrils (Tarragona), labor que durante nueve años compaginó con la de profesor asociado de Literatura Española en la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona.
Es autor de los libros de poemas: De una eterna voz (1986), conjuntamente con Leopoldo de Luis; Triste es el territorio de la ausencia (1998), que obtuvo el Premio de Poesía “Blas de Otero 1997”; Como el faro sin luz de la tristeza (2000), ganador del Premio “González de Lama 1999”; Lo traigo andado (2000); De ronda y madrugada (2001), accésit al Premio Internacional de Poesía Ciudad de Torrevieja; y Morfina en el corazón (2003), que obtuvo el Premio Rafael Morales. Muy recientemente ha obtenido el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Salamanca, con el libro Como otros tienen una patria (2007). Asimismo sus versos han visto la luz en distintas antologías (entre otras: Un siglo de sonetos en español, 2000; Al aire nuevo. Antología de poesía española actual, 2001; y 11-M: poemas contra el olvido, 2004) y revistas literarias, tanto españolas como extranjeras. Su primera incursión en el terreno de la prosa literaria fue Memoria [amarga] de mí (2006).
Ha publicado numerosos trabajos de investigación, centrados especialmente en el análisis de la relación literatura-folclore, entre los que destacamos el libro Del 98 a García Lorca. Ensayo sobre tradición y literatura (1998). En recuerdo y homenaje del poeta José Agustín Goytisolo coordinó y editó el volumen misceláneo Tempestades de amor contra los cielos. Homenaje a José Agustín Goytisolo (2000); también dirigió, junto a Carme Riera, el III Congreso Internacional sobre José Agustín Goytisolo (2005) y editó las Actas del mismo. Es editor de la antología Palabras frente al mar (2003).
Ha traducido al castellano la poesía completa del poeta catalán Gerard Vergés, que vio la luz bajo el título La raíz de la mandrágora (2005).
Fue fundador y codirector de la revista La Poesía, señor hidalgo.

Poética
Escribo para recordar un tiempo inexistente, pasado sin aristas al sur de la memoria, las horas que se fueron por el agua hacia el mar. Recordar es mentir, inventar ese bálsamo que endulce la amargura del instante perdido, la derrota insalvable en la dura pelea de la sombra y la luz. Escribir es mentir, y mintiendo, en palabras que se crecen, altivas, sobre el rostro imposible de todas las ausencias, construyo el horizonte, alzo mi casa al borde de un camino, hablo de amor y nacen las caricias, los besos y el perfume tan alto de tu boca. Con palabras de arcilla, con sílabas de cieno, con palabras de luna y sílabas de fuego.
Escribo rozando el corazón del aire, y en un verso desbocado, sin estribo ni brida, se hace el aire relincho —Rocinante del alba—, reclamando justicia, un bramido insolente contra el cielo argentado de los dioses absurdos, levantando su belfo en un grito de sangre, en un grito de espuma, en un grito que es aire de palabras y versos, palabras que me salvan de esta vieja e inútil y amarga propensión a todos los desastres.
Escribo desde el ancho deseo de quererte, de alcanzar los desiertos esquivos de tu cuerpo: tan cercano y tan mío, tan aroma y tan miel; escribo desde el ansia sin linde de caricias, de suspiros quebrados en un muslo de acacia y la piel de amatista y los besos en flor; escribo con la tinta azul de las quimeras, con el alma en un verso, con el pecho y el hígado, con el pulso y la sangre, con pulmón y riñones, dejando en las palabras el tiemblo de un acorde, el plectro sin consuelo que tañe el corazón.
[De De ronda y madrugada (2001)]


Poemas


“En el principio...”
de Morfina en el corazón (2003)
Cuando por vez primera abras este libro, que camina ahora ingrávido por la línea del cielo donde mueren decapitadas las golondrinas,
cuando por vez primera te acerques a esta página, atrio de sombras en el templo imposible que la memoria consagra al alacrán,
recuerda que en las palabras que ahora cruzan por tus ojos, tal vez en un instante de muerte prematura, alguien dejó la estela del deseo jamás atormentado, halo del tiempo, navegante sin rumbo,
la voz que ya te empuja hacia el torbellino que oculta las puertas del abismo, hacia el pozo sin fondo de esa mirada tuya que contempla las palabras que ahora escribo, molinetes girando en el hueco del tiempo, palabras a la espera de la suerte contraria, el gesto decisivo entregado al otoño,
recuerda, alguien dejó para ti el camino y la navaja, la piedra de una honda solitaria y el aroma verdecido del ajenjo,
para ti el cemento y el andamio,
para ti los rumores metílicos del aire, la maldición oculta en las palabras, en cada letra un dedal de hiel y de amapola,
palabras que motean la página que indolente acaricias en un jueves cualquiera con luz tras las ventanas.
Recuerda, como recuerda el viento la cintura estremecida de los álamos, que estás abriendo la puerta que conduce hacia la estancia amarga donde se gangrena la memoria:
olvidar el dolor que nunca laceró tu pobre corazón inmaculado, el castigo punzante que desgarra tu vientre como el tallo de un jazmín,
recordar lo que jamás imaginamos, no poder regresar al lugar aquel donde una vez fuimos felices,
olvidar y mentir con la lengua azul de la memoria, porque siempre en el principio estuvo el agua, palabras para inventar lo que el reloj destruye, para levantar los muros de mi casa, allí donde guardar el gemido amniótico, el latido auroral del primer hombre,
recordar y construir el mundo que otros habitaron, tu patria, aunque quisieras nacer la orilla contraria de mis versos, el lecho donde se pudren las noches que terminan en náusea y desengaño, el destino inevitable de tus pies ya cansados.
Yo quise escribir el conjuro definitivo que amortigüe la catástrofe, escribir sobre el barro que señala el camino del destierro una oración que fuese epitafio y salmodia,
yo quise ser filtro y hechizo en las palabras y no soy sino lo que tú quieres,
tú, que me tienes cogido entre las manos, apresado en tu avidez de humo, encadenado al poema que presientes, que se pierde en los pliegues de un verso encabalgado, creciendo enloquecido más allá de una línea, recibiendo afluentes en caudal desbordado,
prisionero indefenso de tu propio capricho, así estoy ahora,
así me tienes, puedes cerrar el libro y cubrir de ceniza la inmensidad del cielo,
puedes darme posada en el mismo cobijo donde agoniza envuelta en sangre tu infancia destruida,
puedes conducirme maniatado hacia la tierra de nadie —el infinito— para purgar de soledad mi sed de sombra,
así me tienes, dispuesto a rendir ante ti todas mis armas,
a envenenar tu aliento con la mirada oblicua de todo lo ignorado, lo perdido al andar esta jornada, las sombras que olvidaste, los paisajes borrados del telón de la vida, lo que escondes, oculto, tras el gesto infantil de los retratos,
a envenenarme yo al aire de tu nombre, de pasado y presente en fulgor de palabras, palabras que conjuran el desastre, filtro y hechizo, oración que me salva, antídoto para la densa ebriedad de mi abandono, plegaria y sortilegio, aquí están, aquí estoy,
recuerda, yo quise escribir lo que está escrito, antiguas profecías que esperan la certeza, lo que nadie escribió, la sangre de un suicida que rubrica el poema,
aunque quizá quise escribir lo que ahora escribo, para mí, para ti —tal vez la misma imagen que refleja el cristal—,
para huir emboscados en palabras y versos,
huyendo, siempre huyendo, no somos más que lo que fuimos en suma inacabable de presentes,
aquí estoy, plegaria y bebedizo, huyendo, siempre huyendo, la imagen que se refleja en el cristal.
Y nunca olvides que tú no existías hasta que yo te hube imaginado para que posaras tus ojos sobre el espejo que ahora te contempla, tras el que escondo el temblor absurdo de mis manos,
espejo en el que buscan refugio los sacrílegos,
luna donde reflejan el miedo los insomnios,
la transparencia de un jueves cualquiera tan cercano dibujado en la cal de la pared.
Mas si yo dibuje tu imagen en la noche, tú, en este momento, cuando recorres mi caligrafía trémula de invierno —huérfanos los días y frío en las alcobas—, eres el dueño que esperaba mi ansia adormecida,
dueño de aquel instante, de la hora nocturna junto al mar en que escribo para ti lo que me dicta el pulso del espanto,
dueño del destino secreto de mis versos,
caminante perdido sin destino de estrellas cruzando los senderos que abro para ti,
y para que tú la violes sagradamente he ahí a la vida, envuelta en mis palabras,
nada más allá, la desolación es muralla que salva la esperanza,
nada más allá de este poema, acaso un vasto desierto de voces que nadie pronunció, acaso un mar de nombres calcinados,
nada más allá, tu eres mi dueño, nada, nada más allá, nunca lo olvides, en este poema cabe lo que tú imaginabas, todo cabe y nada hay más allá, nada más, allá no hay nada, nada, no lo olvides, nada.


Me he despertado esta mañana
de Morfina en el corazón (2003)

Me he despertado esta mañana con la amnesia calcárea de los muertos, suspendido en la cuerda que transita la sima pavorosa del olvido.
No sé dónde buscar la memoria indeleble de mí mismo, equilibrista mudo, ausente y expulsado del paraíso inocente del recuerdo.
Aunque contemplo las pruebas de que existo —los libros en su estante, la camisa doblada en el armario, la pluma, los cigarros: el retrato de un tiempo fugitivo— no acierto a discernir cómo ni cuándo, ni siquiera si muero o estoy vivo.
¿Soy yo ese que se mueve en la cocina y prepara un café y se acerca, después, a la ventana?
¿Qué estoy mirando ahora de espaldas a mi rostro?
Aunque intento seguir un hilo que me guíe, que aclare el cenagal del pensamiento —los versos que escribí, las canciones que fueron balsamina para el ocre dolor cristalizado— no consigo salir del laberinto, prisionero del monstruo y sus cadenas.
¿Son míos esos ojos de náufrago y asombro?
¿Estoy llorando yo o son lágrimas que vuelven del pasado?
Aunque me miro insolente en los espejos y pronuncio palabras que barren las sentencias —endriago, asperjar, pellica y barcarola: tu nombre en el tajo de un destral— nada me dice quién soy yo, nadie recuerda el nombre que alguna vez fue mío.
¿Quién eres tú? ¿Acaso conoces mi desgracia?
¿Por qué no me contestas, ensombrecido y mudo?
Ya no sé si he despertado esta mañana o estoy muerto hace tiempo y sigo caminando, y preparo el café todos los días, y recorro las calles y las plazas con el inútil andar de los difuntos,
mas escribo con llanto y en silencio palabras que imagino empecinado contra la oscura venganza del olvido.





“[Aunque camine sin rumbo...]”
de Como otros tienen una patria (2007)
Aunque camine sin rumbo por el prólogo inquietante de un deseo, por el prefacio inútil de los años que uno tras otro inevitables pasan,
aunque atónito me pierda en el acorde culpable de un relámpago, en el relincho impuro de un caballo en celo,
aunque cubra mi soledad desamparada con el hábito azul de las certezas, con la curva orgullosa donde se oculta el alma de los dioses,
aunque tapie el vacío de lo cóncavo con el miedo infantil de lo convexo,
aunque me venza tantas veces el cansancio,
yo sé quien soy,
yo sé quien soy y sé de donde vengo.
Mis antepasados sembraron el camino e hicieron del adobe hogar y amparo, luz del carburo, esperanza del hambre, mis antepasados inventaron la vía láctea y la ternura, el hierro y la canción en flor de espiga,
esos muertos míos que contemplan mi rostro testaron para mí su sufrimiento, el sudor y el arado, el corazón atravesado por gemidos sacrílegos, el calvario del pobre sin pan y sin historia,
aquellos hombres labraron mi conciencia, amasaron mi carne con manos amorosas, manos de mujeres de eternidad y luto, manos de madre, de arcilla, de tormento,
mis ojos son reflejo de sus ojos, mi pan producto de su hambre, mis palabras el grito de sus labios,
mis antepasados, muertos míos, hombres de lumbre y carámbano y dolor,
yo sé quien soy,
yo sé quien soy y sé cual es mi sitio.
La memoria es el territorio de la ausencia, memoria para tejer el lino y la sarga donde duerme el recuerdo, ausencia y humo, piel y escalofrío,
mi memoria se viste de pretérito para hablarme al oído, muy bajo, un bisbiseo,
la memoria es la brasa, es el carro, es la lanza, piedra que golpea sobre el vértigo de este vivir a rastras, la dignidad de quienes no tuvieron otra cosa que su orgullo y su pena,
mi memoria es la llave para abrir el lugar que a mí me toca, el sitio donde clavar los pies y resistir los envites astados del olvido,
mi memoria es de sangre, roja como la sangre, como la sangre roja, mi memoria, mi sitio,
yo sé quien soy,
yo sé quien soy y sé porqué yo escribo.
Para grabar con tinta incandescente —caligrafía indeleble que mana del espanto— la palabra justicia sobre el vientre de los poderosos, sobre el aterido aguijón del alacrán, sobre la frente añil de la ignominia,
para arropar mi soledad con frazadas de sílabas, palabras para tapar la oquedad aristada del invierno, frío en el corazón, palabra y lumbre, fuego para derretir los hielos de diciembre, solsticio en el alma, ay, una manta que cubra mi pobre desabrigo,
escribo contra el silencio y la amnesia y el alivio sepulcral de los vencidos, contra la mirada tangente del centauro, contra el gesto otoñal del humillado, contra la luz cenital de las verdades, contra la hiel derramada de los patriarcas,
sí, piedra y lignito, barreno y honda, para vencer el peso insalvable de la muerte, esa muerte pequeña que baja las escaleras a mi lado, que bebe de mi copa, que fuma mis cigarros, frente a la muerte escribo para salvar de sus huellas mi camisa,
contigo, con tus besos, con tu dulce corazón y flor de mayo, a tu lado, contigo, para ti, para todos los que saben del llanto y las ortigas, fermento y cal, de la llanura interminable del deseo, para ti, para ellos, mis versos, mis entrañas, mis caricias, mis manos,
yo sé quien soy,
yo sé quien soy, nadie se llame a engaño.

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