domingo, 7 de octubre de 2007

LUIS FELIPE COMENDADOR














Mencionado por:
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Enlace a mi web: http://www.lfediciones.com/comendador




Poética

No tengo.






Poemas


Con la fe a cuestas
(Remake de Who is me)

Yo también soy uno
que nació en el 57
y parezco más joven
que algunos tipos de mi generación
que se dedicaron a la banca
o a la ingeniería técnica
(desgraciados con familia y buen sueldo).
No puedo contar huidas
ni diásporas
porque siempre me fue relativamente bien
y las guerras me quedaban tan lejos
que sólo me sirvieron para ir de pacifista moderado
y fumar en comuna marihuana o tabaco
antes de ir a cenar junto a mis padres.
La poesía llegó como las lluvias de abril
y me ha mojado tanto
que, aunque escampe, sigue lloviendo adentro.

En fin, dejemos las mariconadas
y vayamos a ese yo
que desea quitarse la máscara
porque está harto de sacar pecho
delante de la gente...

Bien pudiera haber escrito del verde monte
y de la nieve eterna, del río y su aventura
entre batanes, de la piedra y el castaño generoso.
Haber sido la flor natural de mi tierra,
el poeta amado que ensalza las colinas
y las torres... pero no,
escribí de la muerte, de la gente al desnudo,
del sentimiento trágico de esta vida cómoda
que no sabe colmar porque no puede.
Y aún me pregunto por qué escribo,
mientras mi mente vuela a aquellos días de brasero y natillas
con mi abuela endiablada por la música militar
de los asesinos en la radio,
los que mataron al abuelo Felipe a sangre y fuego
en el lugar de Los Santos.
La voz de mi abuela por las noches
era una saeta civil y profana
que se convertía en grito interior.
Todas las putas madres de los asesinos
y todos los asesinos, y mi abuela,
Antonia Corral Martín,
me obligaron a escribir, me obligan.
Y quiero que se entienda a la perfección lo que quiero decir
y por ello no lo digo poéticamente.

Sin aquella fe que tantos llevaron a cuestas
fui el tres,
lo imposible,
el desertor...
Fui el desastre de mi casa
porque defraudé a mis padres
aunque jamás lo hayan reconocido
en público ni en privado.
En fín, que desperdicié el tiempo
y eso no se perdona
o no se perdonaba hasta que decidí gritar
«¡Que os zurzan!».

¡Ja, ja, ja!
Torcer el gesto y mirar a los ojos de los otros con cierta superioridad
para que te ensalcen los cuatro imbéciles que te rodean.
Ser porque nadie sabe lo que escribes,
pero notar el respeto de su necedad.
¡Qué mundo!:
Obreros de derechas babeando ante sus jefes,
comunistas de misa y braguetazo,
ratas muertas de fe y de miedo porque se acaba el tiempo
y no quieren entender que todo es al final despojo y puerta.
¡Infelices!
En todo caso, la realidad, la dura realidad,
es que no llego a fin de mes jamás
y las deudas me comen pero no importa,
y este oficio tan mío de decir
el justo hueco que cada uno ocupa
no tiene un buen futuro en lo económico.
Contar cómo se prostituyen los políticos
y cómo engordan sus monederos
mientras se ponen dignos para hundirte.
¡Hijos de la gran puta!, ¡ladrones!
¡Fieras que destrozáis cada una de vuestras piezas
para no compartirlas!
¡Hienas!
Cómo me gustaría veros arder de vergüenza ante la gente.
Y el trágala de escritorzuelos haciendo un zoco
de la Literatura.
¡Advenedizos!, ¡roncos imitadores de otros escritores mediocres
que lamen cualquier culo por aparecer en letra impresa!
Cómo os gusta medrar presidiendo jurados
o pregonando fiestas; os infláis como putas
ante los que jamás leyeron ni leerán una palabra vuestra.
Escritores de mi generación. ¡Ja, ja, ja!
Rebeldes hacia afuera, vestidos de malditos,
intentado vender prisión, mono y miseria
no hacéis más que el ridículo,
pues ni el vómito anida en vuestros versos.
Soledad, y no conciencia,
mucha vergüenza y tiempo de silencio,
mucho tiempo de silencio,
todo el tiempo quizás.
Pero no, persistís, ¡po-e-tas-en-re-sis-ten-cia! (?).

También recuerdo ahora las tristezas
y el miedo que me hizo llorar a gritos
una tardenoche de elecciones municipales
en la que mi hijo miraba aterrado su dedito meñique colgando
por una de sus falanges
y querer que ese dolor fuera mío,
que esa sangre fuera mi sangre...
aunque mi miedo era más profundo
que el terror del niño;
tanto, que aún lo llevo a flor de piel, en los ojos, en la punta de la lengua.
¡Qué poco bagaje de dolor para un poeta!:
un hijo herido de levedad por una puerta.
No os equivoquéis,
que el dolor verdadero vive en la posibilidad
y el peor miedo también.

El monto cultural, los libros leídos,
el tiempo ganado al tedio
o perdido con decencia
ante la puesta en valor del jodido dinero
significándose en una tarde sin tabaco
por no tener dos miserables euros,
aunque sí una cama donde caerme muerto
de tristeza por la miseria,
atenuada por unos versos de Montale o de Brodsky,
por una carta de Abraham o una canción de Caetano.
El jodido dinero hiriendo, envenenando,
haciéndome sufrir o escribir de pura rabia.
¿Me queda la palabra?
¡Joder!
Me queda la palabra
para evocar el corral de mi niñez
con la parra dando su sombra de uvas
y la lujuria de una mujer peinándose en una ventana interior.
Era mi madre aquella mujer deliciosa
de tez de manzana y risas,
la misma que ahora se me aparece en el espejo
siendo mis canas y las bolsas de mis ojos,
siendo la mirada frutal que asalta la general tristeza de mis gestos.
Mi madre. Centro y nada a la vez.
Mi madre.

¿Y la libertad?,
si su ausencia siempre fue motor de creadores
y puso en mil cabezas el laurel de la gloria,
el heroísmo,
y hasta el martirio
que tanto viste en una vida
si se logra salir
o tanto adorna en una muerte.
¿Acaso no es su voz la que nos mueve?
Pero, ¿quién es libre?, ¿quién puede ser libre?
¡Qué suerte poder crear entre la represión
o en una guerra
o en un gueto
o en una cárcel!
¡Qué suerte la del oprimido que levanta la voz
ante una masa y la agita hasta explotar
o hasta la sangre propia!
Sólo se puede ser donde te niegan.
La toleracia y la paz alimentan mediocres
poetas tranquilos.
¡Qué suerte ser parte de un dolor colectivo
y sacar la cabeza, sin más,
para gritar un verso!

Llueve adentro y estoy cansado,
pero no de vivir,
que el suicida se pierde la posibilidad
y el gesto de dolor
que alumbra esa paz que es la calma,
porque somos colinas y valles,
simas y altas montañas
y la muerte no es descanso,
es sólo muerte.

© Luis Felipe Comendador

7 comentarios:

Luciérnaga dijo...

Me ha encantado la profundidad de tus versos expresada con simplicidad.

Me has parecido un grande, un sincero, un sabio, y es mucho decir, pero me he sentido identificada con todo lo que has dicho. Y yo soy "de/generación" distinta.

Todavía no me veo en la vejez de mi padre, pero quién sabe, tal vez un día mirándome al espejo me acuerde de mis arrugas, que serán las suyas, y de tu poema.

¡Muy grande!

Un beso.

kb dijo...

¡Luis Felipe! Por fin, he aquí uno de los grandes!!! (tenemos más de una pendiente, eh). A ver si me ponen bien el enlace, que te nombré y cómo no. Abrazos logroñeses!!!

Fernando dijo...

Estoy casi en la misma situación y soy de la misma generación. El casi es porque no soy poeta, el resto, pensado y escrito, somos.
Fernando

luis felipe comendador dijo...

Gracias a todos por vuestras palabras.... en fin.

luis felipe comendador dijo...

Olvidé varios nombres en mi lista de poetas y alguien me ha recriminado por ello, quizás con razón, sobre todo cuando he olvidado a gente tan importante para mí como Abraham Gragera, Jesús Urceloy, Máximo Hernández Fernández, entre otros muchos.
Esto de tener que nombrar siempre me ha traído problemas.
Ruego al editor que sume, si es posible, estos tres nombres y pido disculpas a los que no figuran por mi mala cabeza... son tantos.

José Luis Morante dijo...

La poética de Luis Felipe no es una teórica; está inserta en cada uno de sus poemas cuando medita sobre el sinsentido de lo cotidiano y nos dice que la única respuesta es que no hay respuesta. Su poesía es una compañera de viaje; por eso es extraordinaria.

Laura dijo...

Leí estos versos en la revista Atril en su número 6, se realizó un recital en el Ateneo de Salamanca, llegué a la mitad y no se si recitaste, pero me hubiera encantado oirte recitando semejantes palabras. un saludo