sábado, 11 de agosto de 2007

DOMINGO F. FAÍLDE























Mencionado por:
Juana Castro
Isabel Rodríguez
Juana Vázquez
Dolors Alberola
Francisco Morales Lomas
Ismael Cabezas

Menciona a:
Dolors Alberola
José A. Sáez
Juana Vázquez
Juana Castro
Carlos Rivera
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Isabel de Rueda
Francisco Morales Lomas
Alberto Torés
Juan José Téllez
Mauricio Gil Cano
José Sarria
Juan Gómez Macías
Inmaculada Jiménez Montero
Manuel Moya
Álvaro Quintero
José Luís Tobalina
José García Pérez
Jorge Riechmann
Antonio García Velasco
José Cercas


Bio-bibliografía

Domingo F. Faílde (Linares, Jaén, 1948) es autor de una veintena de títulos, entre los que destacan Náufrago de la lluvia (1995), Manual de afligidos (1995), Elogio de las tinieblas (1999), Conjunto vacío (1999), Testamento de Náufrago. Antología,1979-2000 (2002), El resplandor sombrío (2005), Las sábanas del mar (2005) y La sombra del celindo (2006). Su obra ha sido recogida en diversas antologías, entre ellas Elogio de la Diferencia., de Antonio Rodríguez Jiménez (1997), ...Y el Sur., de José García Pérez (1997), De lo imposible a lo verdadero. Poesía española 1965-2000, de Antonio Garrido Moraga (2000), Poesía andaluza en libertad. Por Antonio García Velasco, Francisco Morales Lomas, José Sarria Cuevas y Alberto Torés García (2001), La línea interior. Antología de poesía andaluza contemporánea. Por Pedro Rodríguez Pacheco (2001) y Poesía española (1975-2001). Por Alberto Torés (2002).




Poética

No creo en las poéticas. Como declaraciones programáticas, casi nunca se corresponden con la escritura. El poema me induce continuamente a replantearme su origen naturaleza, evolución, etc., e incluso a cuestionarme como creador. Subrayo, de este modo, mi creencia en la libre inspiración y el trabajo tenaz, riguroso y consciente, en los cuales se forja el estilo, ese elemento mágico y singularizador, sin el cual la poesía fuera reiteración de lo nombrado, mera fórmula física, retrato sin alma. Siempre albergué esta idea, que el tiempo y la experiencia han ido enderezando hacia el espacio de la emoción.




Poemas


TRAS EL CRISTAL


Imperceptible, cae
una lluvia dulcísima. En las calles
la gente se apresura. Están sonando
las campanadas de un reloj. ¿La hora?
No sé, fueron cayendo,
una a una, despacio, y como buques
de papel navegaron hasta la alcantarilla.
Tras la ventana, veo
perderse su sonido entre las olas,
al otro lado del cristal. La noche
espesa la cortina de humo que me envuelve
y apenas reconozco, frente a mí, la figura
del hombre que se mira en el espejo:
no soy yo, no son éstas mis manos ni mi frente
peina, ya rala, unos mechones blancos.
Siguen rodando los pequeños buques
por el cieno sucísimo y oscuro.
Estoy solo. La vida es esa calle
por donde van al mar las horas muertas.






LA CASA SOSEGADA

A Dolors Alberola,
en la vida, en los versos.


Hemos llegado, como de costumbre,
al abrigo secreto del hotel.
He pedido la llave. A pocos metros,
a contraluz, de espaldas, relumbra tu figura
ceñida por el mar. Sabes que, arriba,
la cómplice penumbra abre los mapas
y despliega efectivos, estrategias, la luz.
Ah, la escalera.
Por la secreta escala nos guía Juan de Yepes
-¿o era, imberbe, un botones
que vi en alguna parte?-,
disfrazados tú y yo:
no estaba sosegada nuestra casa.




LA SOMBRA DEL CELINDO

(Lugares comunes)

Después de muchos años y una vida
lo suficientemente larga como
para, por, según, so, sobre, tras,
la celinda del patio dejó de dar flores,
el pozo se secó, la madreselva
era un triste muñón amarillento
y la parra, sin uvas,
apenas recordaba las veladas de estío,
entre el ir venir a la cocina
y el rumor de las jarras de vino al escanciarse.

Qué fue, qué sucedió, qué detuvo el trajín de los relojes
en un momento: nadie sabe la hora, el día
ni la estación o el año del cataclismo aquel
que abrió la puerta y se marchó en silencio,
llevándose consigo las cosas del baúl,
los muñecos de trapo y los bastones,
náufragos de otros mares.

Se presiente la vida, sin embargo,
en las pardas baldosas que no limpió la lluvia
y unos papeles sin color, que fueron
alas de la noticia y ahora ruedan,
se resbalan, abúlicos e insomnes,
por el suelo sucísimo.

Recuerdo
aquellas tardes idas, tan cálidas y lentas,
la música envolviendo
el perfume a manzana de la siesta,
los versos clandestinos
o el contrapunto alegre de las conversaciones.

Recuerdo, porque acaso
la vida a cierta edad es la memoria,
el tedio sofocante de los largos veranos,
el silencio que hervía en los arpegios
cuyas notas tan sólo yo escuchaba
y las historias de mi madre: el cura
a quien los milicianos talaron, como a un árbol,
y, antes de hacerlo arder, le taparon la boca
con las ramas caídas, o el relato
de los moros tocando a degollina
cuando entraron las tropas de Franco y por las calles
bajaban arroyadas de sangre, en cuyas ondas
navegaban, dolientes, los navíos.

Yo, pecador, ya entonces, nueve años,
letra inglesa diaria, algunas cuentas
y esas lecturas lóbregas que se quedan grabadas,
sabía que la vida era una rampa oscura
y, al final, sin remedio,
me esperaban las mismas pesadillas:
tridentes, bayonetas, montañas de cadáveres
o el pequeño inconfeso que se perdió en la noche,
sí, reverenda madre, todavía la escucho
describiendo los gritos de aquel desventurado,
el escozor hiriente de sus lágrimas
o los clavos doliendo la carne divina,
sangre de Cristo, purifícame,
agua del costado de Cristo, lávame;
y así pasan los días –ya pasaron-
y así pasan los años –transcurrieron-
y yo, desesperado, quizás, quizás, quizás,
sin ninguna certeza sino esa culpa verde
que termina en las llamas.

Por fortuna,
uno se hace mayor y coge el tren
y se aleja en la noche del miedo y los pecados.
Descubre, mientras huye del temor y sus fábricas,
la santidad del cuerpo, la carne resurrecta,
los placeres del vino y los manjares,
de los libros prohibidos y el veneno
que llaman libertad.

Después de muchos años, uno vuelve
al exacto lugar del crimen. Y allí esperan
los fantasmas de entonces, más pálidos si cabe,
mientras el viento mueve la lámpara fundida
y el crepúsculo alumbra las descarnadas sombras.
Todo está igual: el patio, la celinda,
la enredadera, el pozo, los rumores, tú mismo,
y esa música extraña que te envuelve
con su melancolía.

1 comentario:

cedovi dijo...

Me ha gustado mucho su poesía, muy emotiva y muy serena. Gracias por compartirla. Un saludo