sábado, 30 de junio de 2007

JAIME PRIEDE











(ilustración de A.C.G.)



Menciona a:
José María Castrillón

Mencionado por:
Jordi Doce
José María Castrillón
Vicente Valero
Ada Salas
Julieta Valero
Manuel Rico
Andrés Sánchez Robayna
Juan Carlos Gea
Pelayo Fueyo
Silvia Ugidos
Xuan Bello



Bio-bibliografía

Jaime Priede (Langreo, 1965) ha publicado el libro de poesía El coleccionista de tarjetas postales (Deva, 2000) y el libro de ensayos Dejad que baile el forastero (Bartleby, 2004). Ha traducido la obra poética de Anne Michaels en dos volúmenes: El peso de las naranjas/Miner`s Pond (Bartleby, 2001) y Buceadores de la piel (Bartleby, 2003), el libro de arte de John Benger Esa belleza (Bartleby, 2004), la obra poética completa de Raymond Carver en el volumen Todos nosotros (Bartleby, 2006), el misceláneo del mismo autor Sin heroísmos, por favor (Bartleby, 2005), el volumen de Tess Gallagher Carver & yo (saldrá el próximo otoño en Bartleby) y el Premio Pulitzer de Poesía 2000 Reparaciones, de C.K.Williams, que verá la luz el próximo otoño en Bartleby Editores. También ha realizado la edición bilingüe de El Puente (Trea, 2007), de Hart Crane. Colabora como crítico literario en la revista Quimera y ocasionalmente con Letras Libres, Ínsula y el diario El País. Actualmente prepara un libro de ensayo/ficción.




Poemas
de El coleccionista de tarjetas postales


Vuelvo al lugar donde hablaban de mí,
la casa donde desperdiciaba las horas
velando la siesta de un lagarto.
La mirada acepta hoy sin inquietud
y termina su plato en silencio.
La piel dura de la luz me cobijó
tantas veces aquí
que vivo para completar constantemente
la memoria,
hasta que un día el pasado no sea nada
y haya desaparecido toda esperanza,
o hasta que la lucidez, dulce avispa,
acumule contundencia
entre los escasos pájaros de la calle.
Encontrar las lapas que alimenta mi dolor.
La frase objetiva de un charco en calma.


***

Las persianas verdes, la pared blanca,
crece en los canalones algo de hierba,
extraña como un idioma que ya no hablan
los hombres y sólo conoce la lengua.
Crece con la lluvia una idea, una forma
de pensar en la que los objetos
pierden la ilusión con la que se protegen
de nosotros y nos entregan lo que nos corresponde.


***


Desde la terraza observo
cómo se dejó llover la tarde
en los bancos del parque.
Tira de mi jersey la cama deshecha al lado
y también el gotear de los columpios,
la abertura del óxido.
Poco a poco
la conquista de las bicicletas
repoblando lo inevitable,
lo aplazado.



Te escribo en el reverso de tarjetas postales
que poco a poco voy dejando sin franquear.
Viajero por mi propia vida.
Nadie del otro lado.
Escribo poemas de amor para saber algo de mí,
Por ejemplo:
“No sé qué sembró la sabiduría
en tus ojos
pero olvidé a tu lado las ganas de reír.
Será un gran regato blanco
A los pies de tu próximo amante,
y terminarás por buscar mi olor
en el amanecer de los jardines puros
donde se quema la ira.
No habrá más mensajes de las orillas cálidas
que buscan las yemas de mis dedos.
Llevo demasiado tiempo asomado a esta ventana
para estar acostumbrado a una habitación vacía”.
Como si hiciera una tabla de gimnasia antes de tomar la calle.


***


Como alguien que se echa protector para la piel
en el latido nadador del verano,
se tiñen de añil las fachadas blancas y los últimos gritos
de la ciudad que descansa con las piernas separadas.
La silueta del azúcar esparcido en las mesas de los cafés
o las mondas de naranja esparcidas entre los carriles
del puerto
despiden luz suficiente para no tropezar con ella.
Sin prisa
va la mano de mi pensamiento
a dos dedos del mundo tan viejo.


***


Martil es una ruina con carruseles en la playa.
Casas derrumbadas, polvo seco,
y en el centro un gran hotel con escaleras de caracol
y una mancha muy precisa en las sábanas que me dieron.
La corriente entra en los bares vacíos
donde alguien aguarda con la siesta de un leopardo entre las uñas.
No existe el asombro
ni las flores se ven por ningún lado.
Un sitio muy proclive para el amor
y también para comer en paz,
con la cabeza despejada cerca de la frontera.
Aquí, la belleza falló en las bocas
y se vuelve hacia las cicatrices,
como un niño trabaja con su pluma el pupitre.



***


La tarde es un auto que no arranca.
La ternura se abraza a los abrigos
y música de fondo el movimiento tras el cristal de la ventana.
Las horas se van recogiendo sobre sí mismas
al otro lado,
en los patios traseros,
entre paquetes de detergente abiertos
que exprimen su luz como una esponja.

Parpadea
la luz de la primera cocina.
Mi cuerpo toma la forma palpable
de ese apetito.

1 comentario:

Jonathan Esquina dijo...

Me encanta! =)
Jaime Priede me dio clase de Lengua y Literatura hará 2 años, sabía que tenía algo escrito pero no sabía el qué. Sinceramente, gracias por esta entrada =)
Pásate por mi blog, si quieres, escribo poesía, espero que te gusten. =)