jueves, 7 de junio de 2007

FRANCISCO RUIZ NOGUERA






















Mencionado por:
Aurora Luque
Diego Media Poveda
Raúl Díaz Rosales
Javier Pérez Walias
Mercedes Escolano
Paola Laskaris
Juan Carlos Martínez Manzano
José Cabrera Martos
Francisco Fortuny

Menciona a:
José Infante
José María Prieto
Luis Martínez de Merlo
Francisco Fortuny
Aurora Luque
Vicente Valero
Juan Antonio González Iglesias
Vicente Luis Mora
Eduardo Casilari
Remedios Orellana
José Luis Rey
Alberto Santamaría
Luis Bagué Quílez

y dos maestros:Alfonso Canales
Pablo García Baena



Bio-bibliografía

Francisco Ruiz Noguera (Frigiliana, Málaga, 1951). Profesor de Lingüística en la Universidad de Málaga. Fundador y director de las revistas El Laberinto de Zinc y Robador de Europa. Sus cinco primeros libros (Campo de pluma, La manzana de Tántalo, La luz grabada, Simulacro de fuego, Arte de restaurar) están recogidos en Campo de pluma (Poesía reunida), ed. y estudio de A. García Berrio, Málaga, Ciudad del Paraíso, 1997; con posterioridad ha publicado El año de los ceros, Madrid, Visor, 2002; El oro de los sueños, Madrid, Hiperión, 2002; Memoria (Antología), intr. de Vicente Luis Mora, Málaga, Monosabio, 2004; Materia griega, Córdoba, Cuadernos de Sandua, 2005. Ha obtenido la Beca a la Creación Literaria del Ministerio de Cultura (1989) y los Premios de Poesía Ricardo Molina (1989) y Antonio Machado (2002); en 2003 fue finalista del Premio Nacional de Poesía. Ha publicado numerosos trabajos sobre poesía contemporánea y poesía medieval española, entre ellos: Antología de la poesía española contemporánea, Ottawa/New York, Legas, 1991; Antología de la poesía medieval española, Málaga, Ágora, 1995; Frontera Sur (Antología de jóvenes poetas malagueños), Málaga, Puerta del Mar, 2007; y ediciones de la obra de Domenchina, Muñoz Rojas, García Baena, Alfonso Canales, Manuel Alcántara, Vicente Núñez, María Victoria Atencia, Pérez Estrada, José Infante.



Poética

Tres pilares —evocación, sugerencia, ritmo— levantados sobre los cimientos de la mirada, la memoria y el lenguaje. Todo es del dominio de la memoria y del ejercicio del recuerdo; del material que en ella se almacena se nutre esa celebración, narración o elegía que es, en definitiva, el poema; y es el ejercicio del recuerdo —buceo en la memoria con las armas del lenguaje— el que levanta la arquitectura del texto. Recordar es volver a mirar: así también la escritura, nueva mirada que se orienta, ahora, con una luz distinta —interior e interesada— a la de aquella otra que orientó la percepción primera. Tengo especial predilección por las miradas que se apropian del entorno y descubren en él lo que la apariencia oculta: siempre el juego de la sugerencia sobre el de la declaración explícita y plana. Se trata de embarcarse en una búsqueda con “aspiración constante de algo nuevo” (Juan Ramón Jiménez). Algunos tripulantes para llegar a buen puerto: Heidegger (la poesía, nueva “fundación del ser”), Rilke (“Sálvese de los temas generales y vuélvase a los que le ofrece su propia vida. Intente, como el primer hombre, decir lo que ve y lo que experimenta y ama y pierde”), Mallarmé (“El poema no se compone con ideas, sino con palabras”), Valéry (“La poesía es un arte del leguaje”), Cirlot (“La única dificultad verdadera de un poeta es el hallazgo de su propio lenguaje”), Stevens (“Todo poema es un poema dentro de un poema: el poema de la idea dentro del poema de las palabras”), Lezama: “Cuando me siento claro, escribo prosa; y cuando me siento oscuro, escribo poesía”), Juarroz (“El sentido que tiene la poesía es darle voz al sentido oculto”), Bachelard (“En los poemas se manifiestan fuerzas que no pasan por los circuitos de un saber”), Machado (“Palabra en el tiempo”), Gil de Biedma (“En mi poesía sólo hay dos temas: el tiempo y yo”). Y siempre: la arquitectura verbal de Góngora, la altura transparente de San Juan de la Cruz y la acidez brillante de Quevedo.



Poemas


La busca
J. A. M-R.

Miro cada detalle de este espacio:
el granado cercado por zarzales,
el lugar donde el pozo
no es más que una maraña
de juncos y de espinos,
la maleza que oculta la vereda,
los muros derruidos de la casa.
Intento levantar sobre esta imagen
—como raíz al agua,
en busca de su esencia—

la que vive, distinta, en la memoria.

Pero cada reclamo
es como una pavesa
que voló incontrolada y se detuvo
sobre un papel en blanco
y allí dejó su huella,
que, perdiendo la fuerza de su fuego,
esconde bajo el gris de la ceniza
sólo una mancha fría: un capricho tostado,
un breve cerco sepia, ya sin vida.

(De Arte de restaurar, Huerga & Fierro, 1997)





El año de los ceros / 2

¿Borrón y cuenta nueva?
La perfección redonda
del año de los ceros
no es más que un espejismo
que se esfuma en las sombras de la tarde.

Como todos los años
—sólo un juego de cifras—,
empieza cada día
el año de los ceros:
no es más que el territorio
donde escribir tu historia:

la tuya, irrepetible,
esa en que la memoria —suma y sigue—
va dibujando el trazo de una vida
titulada Francisco Ruiz Noguera
(que cada lector ponga su nombre en este verso).

(De El año de los ceros, Visor, 2002)




La rueda

Le vierge, le vivace et le bel aujourd'hui
Va-t-il nous déchirer avec un coup d'aile ivre
Ce lac dur oublié que hante sous le givre
Le transparent glacier des vols qui n'ont pas fui!

Mallarmé


Los ojos del que mira,
quitando el velo falso
que teje la costumbre,
van descubriendo el mundo cada día:

¿una ruleta franca,
o números marcados
sin un hueco previsto a la sorpresa?

Aquí otra vez mi frente,
mi boca, mis rodillas,
la diligencia viva de mis manos;

ahí el blanco del muro,
la quietud de los muebles,
la claridad rayada en la ventana;

y allí el destello débil
de los sueños pasados,
el territorio frágil del recuerdo.

Así la luz despliega,
con el ritmo de siempre,
este telón urdido por el tiempo
donde firman su tregua
el sueño del presente y la memoria:

una paz necesaria
para doblar, segura,
la hoja caducada de la agenda.

Como cada mañana
—mirando atrás sin ira
y mirando sin ira hacia el futuro—,
vuelve a girar la rueda:

la frente, los recuerdos,
las rodillas, las manos, la ventana:

el círculo gozoso de la vida
trazado con paciencia
por los puntos certeros
de la muerte escondida entre las horas:

los puntos que dibujan
el círculo vicioso de los días.

(De El oro de los sueños, Hiperión, 2002)

1 comentario:

Alfredo J. Ramos dijo...

Ritmo de meditación y una maestría innegable ne el arte de elegir (ser elegido por) las palabras. Y la propia materia de la expresión como sustancia del poema, en nada diferente (¿o sí?) de la vida. Me parece que la estética de fondo es la de la poesía como acto: hacer que las cosas sucedan sobre el campo de pluma. Todo un descubrimiento (que debo a V. L. Mora) y que intentaré hacer más intenso.

Alfredo J. Ramos