jueves, 24 de mayo de 2007

PASCUAL IZQUIERDO



Mencionado por:
Ezequías Blanco
Manuel López Azorín

Menciona a:
Antonio Gamoneda
Ángel González
Luis Alberto de Cuenca
Jesús Hilario Tundidor
Blanca Andreu
Miguel Velasco
Julio Llamazares




Bio-bibliografía

Nacido en Burgos (Sotillo de la Ribera, 1951) y residente en Madrid, es licenciado en Filología Hispánica. Desde el año 2003 se dedica en exclusiva al ejercicio de la escritura. Tiene publicados cerca de 25 títulos entre ediciones de autores españoles del silgo XIX (Clarín, Galdós y Bécquer), literatura de viajes y libros de poesía. En esta última disciplina ha publicado La exactitud de las catedrales (1974), Retrospección y apocalipsis en la tierra castellana (1980), Cisne y telaraña (1985), En este fin de siglo (1990), Versos de luna y polen (1882), Pasillo para aguas, aves y vientos (1993) y Del otoño tardío (2005).




Poética

Cree que cualquier teoría de la expresión poética se formula mejor en la íntima esencia de los versos que en elucubraciones teóricas.




Poemas

Pertenecen al libro Del otoño tardío (Madrid, Cátedra, 2005)


1


Sílaba que nunca se pronuncia,
nombre escondido,
penumbra de metal y tiempo,
eras casi una sombra, un roce
confuso de fronteras,
un país incipiente de certidumbre y ecos.


Llegó la luz.

Un radiante puñal de mediodía
entreabrió
los ámbitos secretos.

Llegó la luz.

Te quedaste desnuda y anhelante
ante la súbita interrogación de los espejos.




2


Te conocí y amé sobre la última hojarasca
de un otoño perfecto,
cuando la luz estaba despojándose
de árboles y fuegos.

Te conocí y amé
al filo de un crepúsculo incompleto.

Te conocí y te amé.



En un alba imprecisa
amaneció una vez
la fría certeza del invierno.

Desnudaron de hojas las palabras.

Un desierto de nieve se interpuso
entre los labios yertos.




3


Desnuda, como un ascua
siempre encendida entre mis brazos,
yo quería tenerte.

Desnuda y alejada
de todas las campanas y relojes,
quería yo aislarte
del latido del tiempo.



Que no te consumieras.

Que no te amenazara la ceniza.

Que no sonaran campanadas en las noches de invierno.

Ardiendo siempre
entre labios y sílabas
como una gran brazada de sarmientos.

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