lunes, 9 de abril de 2007

ELSA LÓPEZ

















Mencionada por:
Fermín Vera Arrieta
Sofía F. Castañón
Aurora Saura
Gracia Iglesias
Luis Oroz
M. Cinta Montagut
Maria Jesús Silva

Menciona a:
Juana Castro
Olvido García Valdés
Cecilia Domínguez Luis
Alicia Llarena
Chantal Maillard
Pablo García Baena
Luis García Montero
Jesús Aguado
Javier Vela
Paúl M. Viejo
José Martínez Ros



Bio-bibliografía

Elsa López (Guinea Ecuatorial, 1943). El viento y las adelfas, Inevitable Océano, Penumbra, Del amor imperfecto (Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Melilla”), La Casa Cabrera, La Fajana Oscura (Premio Internacional de Poesía “Rosa de Damasco”), Cementerio de elefantes, Al final del agua, Tránsito, Magarzas, Mar de amores (Premio Nacional de Poesía “José Hierro”), Quince Poemas (de amor adolescente), La pecera, A mar abierto (Poesía 1973-2003) y Travesía (Premio de Poesía Ciudad de Córdoba “Ricardo Molina”). Su obra ha sido traducida al árabe, francés, inglés, italiano y neerlandés.





Pequeña Poética

Soy una mezcla de ser melancólico y político. La melancolía me conduce a la filosofía, a la estética, al discurso poético; la política me empuja a la batalla. En mi obra hay una asidua referencia al mundo del arte, textos dedicados a pintores, a músicos o a escultores que me enseñaron a mirar el mundo de una manera diferente; textos dedicados a lo que nunca podré llegar a ser como una larga declaración de carencias. Escribo sobre lo que no tengo; escribo sobre lo que carezco o poseo en medidas distintas a mis deseos y por eso escribo del amor, de otros países, de otras culturas, de paisajes y seres imposibles. Siempre he creído en las palabras como una vía de conocimiento o de transformación. Pero, de verdad, de verdad, lo que más me gusta es navegar y cocinar para los amigos.




Poemas



El descendimiento

Desgarrarse del hijo.
Desprenderse de la carne.
Trazar una línea imperceptible desde el centro a la luz
y ver cómo la luz parte en dos tus esperanzas,
demuestra cómo el mundo se nutre de lo ajeno.
Así la muerte y sus gestos oscuros.
Así los brazos en cruz como una interrogación sobre el vacío.
Así la cama desierta
y el ruido de la sangre golpeando las ventanas.
Así las sombras.

Eso fue una mañana
y ya no hubo otros marzos que llevarse a la boca.
El tiempo se detuvo para siempre en el mantel a cuadros
y ella supo, a partir de ese día, del dolor y sus costumbres,
de la lágrima vertida,
de la punzada de vidrio en el centro del pecho,
del grito que se extiende como un bálsamo,
de las grietas del alma,
de la herida.





Guinea era mi mundo

Mi infancia tiene nombres:
Rio Muni, Santa Isabel, Ekuko,
Ebibiyin, el bosque Fang, los pamues,
y el cuento de una boa que devoraba el cielo.
Mi mundo era una playa de arenas infinitas,
palmeras que se doblan hasta alcanzar la orilla
de un océano único sin horizonte alguno
y un niño de piel negra dormido sobre el tronco
sus bracillos colgando sobre el añil del agua.
Mi mundo era esa playa.
Los niños calabares desnudos en la espuma
y miles de cangrejos
brotando entre mis dedos como corales rojos
y una barca sin remos que avanza hacia nosotros
cargada con la pesca del sol y la alegría.
Guinea era mi mundo.
Un viejo paraíso poblado de serpientes,
tiburones azules, y hausas de colores
sentados a la puerta y al calor de mi madre.
Mi mundo era la selva y un elefante herido.
Un río y los cayucos
sorteando los cuerpos de hipopótamos grises.
Y quedarnos absortos oyendo los tambores
que anuncian nuestro paso camino de un poblado
donde aguardan los viejos y sus viejas historias
de bosques y elefantes que van hacia la muerte.
Oler los cafetales,
escuchar el estrépito enorme de los pájaros
y oír la algarabía de los pequeños monos
que brincan por los árboles.
Y ver cómo maduran la yuca y la malanga
y devorar el jugo de un coco entre las manos
y bailar un balele a ritmo de tambores
al compás de la selva y sus tristes aullidos.
Aquel era mi mundo, especial y distinto,
y no habrá ningún otro ni yo seré la misma.






La música de las esferas*

¿Qué misterio se oculta detrás de esa penumbra
de pozos y gargantas?
¿Qué luz para esa rara oscuridad del mundo?
¿Qué gota de rocío? ¿Qué fauces?
¿Qué secreto devora eso otro en que nos transformamos?¿Que perpleja hermosura de ese cuerpo sin rumbo que gira
suspendido del aire y luego desafía las puertas de la nada
como si germinara de un pedazo de nube,
como si fuera una mota de hielo,
un copo de cristal, una nube sin agua;
como un raro planeta
fecundado y dispuesto a parir otros mundos;
como si fuera lluvia o garganta de pez;
como si fuera un nido, como dulce de azúcar;
como un útero cálido, como la misma muerte;
como ceniza fría, como algodón en rama?
¿Qué misterio este corazón mío dispuesto a recibirlo?


*Pitágoras aseguraba que los planetas eran siete y, al igual que las cuerdas de una lira, vibraban produciendo música. Decía que esa música la oímos desde que nacemos y por eso no somos conscientes de ella, al igual que un herrero ya no oye los sonidos del martillo. O tal vez la música de las esferas sea sólo silencio.

2 comentarios:

Jesús Ge dijo...

No sé si leerás esto.
Fuí alumno tuyo en el Isabel la Católica.
Ahora con los años, me dedico también -entre otras cosas- a la poesía. Encontré tus libros, me sonaba el nombre, encontré tu foto y ¡voilá! Evidentemente, me hizo ilusión re-encontrarte.
Ahora soy maestro y cosas como esta, me hacen creer cada vez más en mi profesión.

Un beso. Nos vemos en el camino.
Jesús Ge

Bea Solano dijo...

la recuerdo de la residencia A gala porque yo asistía a los recitales Me encanta su poesia