domingo, 1 de abril de 2007

EDUARDO GARCÍA














Mencionado por:
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Bio-bibliografía

Eduardo García nació en São Paulo (Brasil) en 1965. A los 7 años se traslada a Madrid, donde pasa sus años de estudiante. Profesor de Filosofía, desde 1991 reside en Córdoba. Como poeta ha publicado los libros: Las cartas marcadas (1995), No se trata de un juego (1998; Premio “Juan Ramón Jiménez” y Premio “Ojo Crítico” de Radio Nacional de España), Horizonte o frontera (Premio “Antonio Machado en Baeza”, Hiperión, 2003), Refutación de la elegía (Generación del 27, 2006) y La vida nueva (Premio “Fray Luis de León”, Visor, 2008). Su obra ha sido recogida en numerosas antologías de poesía española contemporánea. En paralelo a su obra de creación ha cultivado la reflexión sobre el fenómeno poético en los ensayos Escribir un poema (Fuentetaja, 2000; 2ª ed. 2003) y Una poética del límite (Pre-Textos, 2005).

Su página web es http://www.eduardogarcia.eu/





Poética

[…] Ha llegado el despertar. Se extienden ante nosotros los vastos territorios de la analogía, las resonancias simbólicas que alientan en las cosas. Acudamos al misterio dispuestos a internarnos en la hondura. Rescatemos la mirada mítica, el entusiasmo, limpios ya de la mercenaria actitud instrumental. Somos artistas, no artesanos. Creadores, no meros carpinteros de la lengua. Olvidemos la pobreza de miras del orfebre que emplea las palabras como simples instrumentos al servicio de un mensaje preestablecido. Acerquémonos a ellas con fervor, invocando su poder, aguardando la chispa que brote de su encuentro.
Es hora de rescatar, desde la sensibilidad de nuestro tiempo, la “hechicería evocatoria” que invocaba Baudelaire. Gocemos el don del verso repentino, la ruptura del orden previsible. Ya es hora de escribir sin GPS, arriesgando en cada verso, en busca de ese algo más que nos conmueve en un auténtico poema-vivo. Saltar al vacío de la interioridad sin la red de la retórica, desoyendo los excesos de la voz censora de la métrica, el buen tono, la unidad… Escuchar las voces que nos habitan, intentando encontrar entre ellas aquella donde alienta una revelación.
Un poema que se despliegue como un organismo vivo. Un poema que parezca brotar en el instante: se ramifique, acuda, rasgue, regrese para arrojarse a la carrera… Un poema que al leerse parezca estar naciendo, donde la lectura genere una sensación análoga a la de la creación. Adiós a la unidad formal, la construcción radial, la forma cerrada. Adiós al terror del poema inmaculado: perfecto, exacto, peinadito como para ir a misa de domingo. Adiós al poema marmóreo por cuyos versos no corre sangre alguna. Bienvenido sea el poema impuro, vivaz, proliferante. Un poema con fisuras, donde un endecasílabo pueda desembocar en un versículo y éste en un heptasílabo mordaz, con arreglo a los vuelcos del espíritu. Al leer un poema hemos de preguntarnos si respira, si corre por sus versos una vivaz corriente, una pulsión. Pidamos vida al poema, no corrección formal; intensidad, rebeldía, no una desfallecida pulcritud. […]
Sólo una poesía con fisuras será capaz de estremecernos, despertar voces olvidadas en nuestro fuero interno. Como en la corteza del árbol el nudo se abre paso nuestra vida no es plana, uniforme, previsible. Vivir es fluir en la corriente, sentir el sobresalto, la sorpresa, el momento en el que crujen los cimientos y lo insólito acude a deslumbrarnos, una luz que se proyecta hacia el futuro. Abajo la narcótica paz de las formas presuntamente eternas. Todo lo que aspira a la eternidad adolece de ausencia de latido. Todo lo vivo respira, tose, camina con fervor, tropieza en su ansiedad. El poema-vivo se entrega a la deriva de su propio aliento, obedece a su instinto, se aventura. […]

Extracto del artículo “El poema como organismo vivo:
una inversión de los valores en la poesía última española
” (Revista FRACTAL, Ciudad de México, 2006)







Poemas



REFUTACIÓN DE LA ELEGÍA

Disculpen la imprudencia, voy de paso,
me caí en esta página, no supe
medir mis fuerzas, apurar la brisa,
resistir su imperiosa invitación,
la página pedía un desaliento
a la altura del llanto y los zapatos,
pero no estaba yo para difuntos,
me brotó una sonora carcajada,
una encina colgada de un trapecio,
un tigre amamantando a una gacela,
un ciempiés saludando innumerable,
nada hay seguro aquí, ya me hago cargo,
a lo peor la página está inquieta,
reclama ya su hastío inmemorial,
y yo en las musarañas, tan contento,
acorazado, en fin, feliz, ya ven,
poco propenso a la melancolía,
convocando el deseo en la figura
de una mujer al término del goce,
sin tristeza post-coitum, no se apuren,
espléndido animal, fruta sin dueño,
deslumbrante en la página, sensual,
una refutación de la elegía,
una celebración de la alegría,
cuerpo fugaz, materia derramada,
se ríe de la página, transpira,
les dejo con su gozo, no sin antes
invitarles a arder por las raíces,
a vivir por la piel a contramano,
no me hago responsable si la página
persiste por inercia en su congoja,
si le gusta sufrir es su problema,
nosotros a lo nuestro, hacia alta mar.

(de Refutación de la elegía)





INVITACIÓN AL VIAJE

Lo más urgente es encontrar
un charco de agua clara
en donde se reflejen nuestros rasgos.

Una vez comprobada la suma transparencia,
su textura de imagen tocada por la gracia,
conviene aproximarse con sigilo
para no despertar sospecha alguna.

Observando la orilla
con la mirada limpia de temor
es preciso entregar el alma en la tarea
de vislumbrar el límite del agua,
la piel en que reposa.

Se despegan entonces los bordes con cuidado
empujando hacia arriba con una mano en tierra.
Cuando el charco esté listo bastará incorporarse,
dar un tirón en seco, vertical,
para abrir la trampilla de las aguas.

Para evitar intrusos
hay que dejar caer durante el salto
con delicada precisión
el charco en su abertura.

Nada impide al viajero
fugarse por el hueco hacia otra parte.





CASA EN EL ÁRBOL

En la copa de un árbol construiré nuestra casa,
con tablones y clavos e ilusión y un martillo
alzaré entre las ramas suelos, techos, paredes,
cuartos en espiral, secretos pasadizos
donde obra el azar el don de los encuentros
y de pronto amanece si me miras al fondo
por donde el viento corre a refugiarse,
madera en la madera, crujen las estaciones,
pasan a visitarnos los amigos,
huele a café, huele al árbol en que nos acogemos,
al rumor de las hojas, a la tierra
donde brota su impulso, su sed de los espacios,
se siente allí el verdor de las promesas,
casa y árbol fundidos, una sola criatura,
se es feliz de algún modo impreciso y vital,
con los años al árbol le van creciendo ramas,
gana cuerpo, se inclina hacia las nubes
y de pronto la casa ha ascendido unos metros
y hasta el aire es más puro, más ancho el horizonte,
las estrellas fugaces proliferan, ahora
vigila la espesura, hay luz en la ventana,
a cubierto de todo, suspendida,
luz de hogar en la noche, resplandor,
y una escala de cuerda entre las ramas,
si subes por la escala no hay retorno,
en la cima del viento hallarás nuestra casa.


(De La vida nueva)

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