martes, 13 de marzo de 2007

ANDRÉS NEUMAN





















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Bio-bibliografía

Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) vive en Granada, en cuya universidad se licenció en Filología Hispánica e impartió clases de literatura hispanoamericana. Es autor de las novelas Bariloche (Anagrama, Finalista del Premio Herralde), La vida en las ventanas (Espasa–Calpe, Finalista del Premio Primavera) y Una vez Argentina (Anagrama), así como de los libros de cuentos El que espera (Anagrama), El último minuto (Espasa–Calpe) y Alumbramiento (Páginas de Espuma). Como poeta, ha publicado los poemarios Métodos de la noche (Hiperión), El jugador de billar (Pre–Textos), El tobogán (Hiperión, Premio Hiperión) y La canción del antílope (Pre–Textos). Otros títulos suyos son los haikus Gotas negras (Plurabelle) o el volumen de aforismos y ensayos El equilibrista (Acantilado). Traducido a varias lenguas, sus poemas y relatos están incluidos en numerosas antologías publicadas en España, Argentina, México, Estados Unidos, Italia, Francia, Portugal o Bulgaria.

Su página web es http://www.andresneuman.com/.




Poética a tientas

¿Poetas elegíacos o poetas hímnicos? Aunque todo buen poeta tenga algo de ambos, admiro más a los segundos. Celebrar la vida me parece una meta más alta y exigente que lamentarla.
¿Poetas de lo mítico o poetas desmitificadores? Con las debidas precauciones, a estas alturas de nuestro escepticismo me inclino por los primeros. El poeta mitificador se arriesga por sus emociones. El desmitificador tiende a protegerse con sus ironías. Y la ironía, en poesía, es algo delicadísimo que puede desembocar en la impotencia del ingenio. Tomar excesiva distancia con lo que decimos, ¿es muestra de lucidez o de disimulada vanidad? ¿Modestia o cobardía? Por eso, aun considerando sus estridentes tropiezos, simpatizo más con los poetas sagrados. Sagrados sin retórica, con sentido crítico y, por supuesto, más acá de los dioses.
¿Poesía adjetival o poesía sustantiva? Hay poetas del adjetivo, que proceden por adición o superposición. Preferiría ser un poeta del sustantivo, y proceder por combinación o por imágenes.
¿Poesía del color o del matiz? Siento que me dirijo hacia lo segundo.
¿Gravidez o levedad en el tono? Intuyo que el secreto consiste en combinar ambas naturalezas: palabras ligeras y sentidos como anclas.
Una cuestión menor pero esencial: ¿verso libre o metro clásico? Personalmente, me quedo con el segundo. Por contradictorio que parezca, el verso clásico delata mejor a los impostores: si no se elabora de manera auténticamente personal, enseguida suena a alguien o a otra época. En cuanto a la estructura del poema, sin embargo, las construcciones libres me interesan más que las estrofas tradicionales. La medida del verso es apenas un patrón auditivo, un compás; pero la estrofa implica ya una verdadera premeditación general. El metro predispone, mientras la estrofa impone. Claro que la escritura de un soneto puede ser libérrima ((Vallejo!), pero en la práctica los más imitan, retroceden, se extravían en la forma de la forma.
¿Poesía de la cinética o poesía de la quietud? Necesariamente, ambas. La realidad es veloz, impaciente, puro dinamismo. Pero si acompañamos con la vista cualquier movimiento de lo real (como cuando se observa un tren en carrera o una cuerda en ascenso), el efecto óptico es de un momentáneo estatismo. Creo que esa es precisamente la estrategia: detener lo dinámico, analizar el vértigo como si fuera un objeto.




Poemas


(EL JARDINERO)

Aprendí con mi abuelo a plantar árboles.
Los sauces necesitan
beber más agua, Andrés, que tú o yo
y sus raíces
no deben, al principio,
ser demasiado hondas;
en ocasiones crecen muy deprisa
y otras veces se estancan en la tierra,
temerosos del aire.

Hoy no existe ni abuelo ni país
ni tampoco ese niño, pero queda
aquel sauce encorvado al que -me digo-
Andrés, hay que cuidar,
estas raíces frágiles,
este miedo a la altura de la vida.


(de El tobogán)


***


(EDÉN)

Entre los mil hedores
de cáscaras añejas, de mal roídos huesos
y astillas de cristal amanecido,

entre la araña inmóvil de la mugre
o el vuelo sordo de un insecto,
sobre una cima irregular,

respirando abyección
y devolviendo música en su aliento,
la malherida rosa azul de siete pétalos

durmiendo.

(de Métodos de la noche)


***



(PALABRAS A UNA HIJA QUE NO TENGO)

Entornaré tus ojos si prometes soñarme.
Compréndeme, no es fácil velar por alguien siempre:
a veces necesito saber que tienes miedo.
Cuando sepas hablar, dame mi nombre;
diciéndome papá ya habrás hecho bastante.
En invierno no abrigues demasiado
tu cuerpo de princesa, más útil y más noble
es irse acostumbrando a resistir.
Acepta golosinas de los desconocidos
-no está el mundo como para negarse-,
pero apréndete esto en cuanto puedas:
más frecuente es lo amargo, o que te ignoren,
y no los caramelos.
Te enseñaré a leer fuera del aula,
y llegada la hora quiero que escribas mar
sobre los azulejos del pasillo.
Cuando por vez primera cruces la calle sola
sabrás que el riesgo y la velocidad
perseguirán tus días para siempre.
No creas que, en el fondo, no soy un optimista;
si no lo fuera, entonces no estarías allí
cuidando que te cuide como debo.
Como ves, desconfío
de quienes no veneran el asombro
de estar aquí, ahora.
Existe la alegría, pero duele;
tendrás que conseguirla.
Y cuando la consigas tendrás miedo.

(de El tobogán)


***


(JARDÍN DEL CEMENTERIO)

Una hoja resbala desde el árbol
y es tu mirada la que, vuelta mano,
detiene su caída unos instantes;
luego toca la tierra humedecida
por la blanca llovizna del verano
y se confunde
con un montón de hojas arrugadas.
Huele a calas, jazmines, crisantemos.
Das media vuelta y piensas
en cuándo serás tú, si caerá nieve.
Escribe un nombre propio el tiempo en cada lápida
y sin embargo, hermosas,
cuelgan pequeñas flores del almendro.


(de El tobogán)


***

LA leve guillotina de un minuto que cae
recorta una fracción de luz enrojecida.
No habrá noche. Tampoco aves oscuras.
Será siempre esta hora paciente, indefinida.
Sólo las cosas, los objetos pequeños de la casa,
su absorbida belleza, el pulso que transmiten,
su acaso extravagante sencillez,
te gobiernan y son cuanto tú sabes.
Te aplicas a olvidar y lo consigues.
No escucharás el sueño que perfore tu sien
como una avispa.


(de La canción del antílope)


***


EL talante del día, tan ocioso, invita más a estar
que a ser. El viento lleva hojas, quisiera barajarlas,
a algunas las aquieta, a otras las escoge
para un vuelo fugaz hasta el cristal de una puerta cerrada.
El silencio desmiente el movimiento.
Dormirías tal vez, si no fuera cansado
dejar de abrir los ojos para que se te colmen...
Algo hay de oro gastado en cualquier día
y en toda paz, otoño: el tiempo es la belleza resistiendo,
a punto de marcharse, en fuga ya.
Un hilo iluminado transita por tu acera.
Se van de ti las hojas, oscurece.


(de La canción del antílope)

4 comentarios:

J. Jesús Ávila Zapién dijo...

En días pasados pude constatar que Andrés Neuman, genial escritor hispano argentino, sucesor y heredero literario de un Onetti, Cortazar, Bioy o Borges, posee uno de los rasgos más sutiles de la sabiduría: la sencillez.
Haciéndole notar una discrepancia mía sobre Arreola, en uno de sus artículos, aproveché la ocasión para que el poeta y cuentista compilador de la más ambiciosa antología de cuentos jamás realizada (“Pequeñas resistencias”) me diera su opinión sobre mis escritos en prosa y verso. Admirablemente él, un amante de la literatura en todos sus géneros, accedió con una amabilidad inusual en un escritor consagrado, a puntualizar uno a uno los puntos fuertes y sus divergencias en alguna palabra o frase, discerniendo de golpe las leyes y mecanismos internos de la dinámica de cada texto.
Neuman está contribuyendo en gran medida a la evolución de los conceptos de la literatura moderna en América y Europa; al lado de autores como Brasca, están cambiando en España la valoración que se tenía del cuento; antes tratado por editorialistas -no así por los lectores- como un género menor. Otra de las facetas de este prestidigitador verbal –como se dijera en un tiempo del mismo Arreola- es su desprendida gentileza didáctica, aunado a la cordial disposición para compartir sus hallazgos literario, y las técnicas que sirven a sus propias creaciones; lo cuál se manifiesta en los decálogos que generosamente agrega al final de sus obras de narrativa. Por todo esto, Andrés, se perfila ya como un grande, y su mensaje parece claro: “Estos son los métodos y las herramientas. ¡Vamos pues, que carajo, urdamos la mejor literatura!.” Como si quisiese incitar a quienes escribimos o leemos, a romper cánones, trascendiendo el capullo de la etapa histórica que nos limita. Gracias Andrés por esa sustancial síntesis universal que ronda por tus obras, y que revestida hasta la genialidad por la deliciosa sencillez de tu pluma, hace que de pronto nos atrapes entre la otredad de un “Alumbramiento”, o nos hagas cómplices en la sorpresiva extrañeza de una intriga, cuyas fuerza inequidistantes de tracción dinámica, tensan al máximo el relato, o algún verso...
sin dejar de cautivarnos.

J. Jesús Ávila Zapién. Biólogo y escritor. Sahuayo Michoacán, México.

Hasier Larretxea dijo...

Grande, muy grande.

juliano dijo...

HOLA ANDRES, ME LLAMO JULIANO ORTIZ Y ESPERO QUE VISITES MI BLOG CUIDADO! POESIA SUELTA Y SEAS SEGUIDOR. UN ABRAZO Y FELICITACIONES POR TU PUBLICACION EN LAS AFINIDADES, YO TAMBIEN ESTOY EN LAS AFINIDADES DE ARGENTINA.

Susan Urich dijo...

De Andrés siempre me ha gustado la sencillez. Creo que su mayor virtud, a la hora de escribir, es esa, porque no pierde profundidad, sino que la gana. Es fabuloso.