viernes, 23 de febrero de 2007

MIGUEL FLORIÁN



























Mencionado por:
Basilio Sánchez
José Luis Puerto
Rafael-José Díaz
Juan Pastor
Álvaro Fierro
Javier Vázquez Losada
Frank Rufino

Menciona a:
Basilio Sánchez,
Antonio Colinas,
José María Algaba,
José Luis Puerto,
Juan Lamillar,
Antonio Cabrera,
Rafael-José Díaz.








Bio-bibliografía


Miguel Florián (Ocaña, Toledo, 1953), ha publicado, entre otros, los poemarios: Los mares, las memorias (Madrid, 1992), Anteo (Huelva, 1994), Lluvias (Ávila, 1995), Memoria común (León, 1998), Mar último (Sevilla, 2000), Habitación 328 y otros poemas (2001), La antigua llama (Sevilla, 2004), Reparto de sombras (Madrid, 2005), Cuerpo nombrado (Sevilla, 2005), Gilgamesh (Jerez, 2006).Ha recibido el Premio “Jaime Gil de Biedma”, “San Juan de la Cruz”, ‘Ciudad de Salamanca...











Poética


Preguntar por la naturaleza y el sentido de la poesía, es interrogarse por uno de los más cerrados misterios de nuestra naturaleza; porque la poesía concierne directamente a la esencia de lo humano y sus raíces se asientan en estratos muy profundos de nuestra conciencia. Es por ello que no me siento cómodo cuando pretendo abordar conceptualmente lo que no es accesible a la razón analítica. La poesía se manifiesta como un talante, como una manera de acercarse al mundo. Una experiencia vital, honda, en la que se confunden emoción y conocimiento. Sospecho que en la poesía alienta la convicción de que los seres innumerables que pueblan el universo estamos unidos en una suerte de ósmosis (a mi me gusta darle el nombre de adermia, ‘carencia de piel’). Sería por ello una experiencia sintética, no analítica, de la realidad. Anida un sentimiento monista en el seno de la experiencia poética. La poesía es asimismo un apósito ante el dolor, ante la herida de las incertidumbre y la conciencia del límite.











Poemas





LLUVIA AL AMANECER
Sevilla, 1988

Me acerco a la ventana. Infatigable
la lluvia cae hasta cubrir el alba.
Es de un azul muy frío que se abre
y ahoga de tristeza el corazón.

(Este aguacero, el cielo encapotado,
pueden herir de muerte un corazón.)

Estás aquí, rozándome, y quisiera
llegar hasta la línea de tu sueño,
hasta su umbral de plata y traspasarlo.
Aproximar mis labios a tu alma,
ahora que la lluvia, indescifrable,
ahoga la garganta. Y las palabras
dejan su luz alrededor del sueño.

Nunca pude acercarme hasta la piel
secreta de tu alma. Hasta la orilla
en donde el mundo parece naufragar
y la carne se esconde en su tristeza.

De Anteo. Col. Juan Ramón Jiménez, Huelva, 1994






(Omphalos)
Aber weil Hiersein viel ist
( Porque estar aquí es mucho)
R. M. RILKE




I
Habitar este mundo, la casa, este jardín,
sus cálidas estancias, sus frutos, sus insectos,
la irisación de los helechos, su dolor mudo.
Aquí, en el corazón abierto de las horas,
la soledad inmensa, sin tiempo, de la hierba.
Esta casa, este mundo. Y nada más.
Repitiéndose en el cristal sin margen
del deseo, estar aquí, testigo de los días,
de los rosados días, de los días oscuros,
testimoniando las verdes, las lentas estaciones,
abarcando el horizonte mudo de la tierra,
el arco, indefinido, azul, del mar. Inclinado
a esta sima incesante de cuerpos, de mujeres
y hombres que, fugaces, se adentran en la noche,
(y en la niebla se pierden, y mezclan el sabor
de su ceniza). Es tan fácil, sencillo
existir, así, tan simplemente, y exclamar:
el cielo es ancho, el mar inacabable.


II
Estar aquí, confundido en los seres
(por pequeños, por fugaces que sean),
inmóvil, en el centro del mundo.
Días lentos de frutas demorándose
en madurar, llenos de sol y olvido.
La arcilla blanda, aquel mimbre trenzándose
en los días azules del verano.
Las horas detenidas, y el jilguero
que mira hacia otra edad. Las canastas
con higos y cerezas (las nueces en otoño).
La neblina que disipaba el mundo
en cada amanecer. En este mismo sitio
cuando cada conciencia recupera el camino,
voz íntima de madre, su pulpa remotísima.
Las avellanas llenas de escarcha pegajosa,
las adelfas, el brezo, y el hinojo.
Todo, carne completa, mundo bien colocado
en la boca del hombre. Relámpagos de hiel,
de piedra, y de hermosura, en el brocal
del pozo, aquí, en lo anterior del habla.



III
Toda nuestra ambición es sólo esto: lo idéntico.
Nuestra alma se colma con lo igual, las edades
de nuevo en la memoria, los nombres repetidos.
(Amamos los reflejos, las horas paralelas,
generoso el recuerdo borra lo diferente.)
Reminiscencia secreta de la célula, del átomo
cuando ordena el cristal, del estanque y los astros,
de la lluvia y la grama. Nada más, sólo esto.


IV
Estar aquí, y saberlo. Abierto bajo el sueño.
(¿No es suficiente acaso?) Y poderlo expresar
con la piel rutilante como un cristal, latiendo.
Un espejo avariento o un mar donde las horas
se sumergen, y gime la línea de la carne,
el agua cuando fluye desde el alma a los labios.
El tacto de otra piel que a nuestra piel se acerca
con su tibieza densa de vegetal perdido,
y la fruta redonda, rompiéndose en los dientes,
y es savia y permanencia, y arcilla turbia, y mundo.
Estar aquí en el centro, con la mirada abierta
describiendo la onda sin fin del horizonte.
Y poderlo decir (que la palabra es mucho).
Cada palabra, un dios, alejado, que crece
desde el polvo hasta el hombre, semilla inagotable.
Y la memoria, fija, como un prisma fecundo,
repite las imágenes. Se remansa la luna,
acaricia las hojas de los chopos,
el cabello del niño.


V
Estar aquí, ser cosa entre las cosas.
Saberse, entre los límites de la piel
y de la luz, un mar sin intersticios.
Pasear bajo el álamo, acariciar
su tronco, sentir temblar sus ramas.
Es tan sencillo hacerlo, tan oscuro
y sellado. Instalarse un instante
sobre la voz y combinar los nombres.
Quedar aquí, sobre la tierra. Mudos.

Ser nada más partícula que nombra
lo caduco, lo que brilla y se pierde.

De Mar último. Editorial Algaida, Sevilla, 2001










Cuerpo nombrado


Quiero nombrar tu cuerpo, tu oscuridad, tu lumbre,
el pecho que se inflama,
tu savia azul, el río de tus astros.

Quiero nombrar tu cuerpo, tus caminos,
el laberinto tibio, las girándulas,
el sexo umbrío, las vísceras ocultas,
esa linfa secreta que va trenzando el tiempo.

Quiero nombrar tu cuerpo, los murmullos,
los labios cuando besan o nombran otros cuerpos,
el fuego de la lengua, la humedad de la piel.
Tu saliva que es áspera y amarga.

Quiero narrar tu espalda añil que delimita
con un dios impreciso, inabarcable.


De Habitación 328 y otros poemas. Visor, Madrid, 2001

1 comentario:

Susana dijo...

Miguel, desde Argentina, me acerco a descubrir estos poemas y realmente son deliciosos. Transmiten la sensación de remanso, de aprehender el tiempo con otra intensidad y cadencia que la vorágine de vivir en la ciudad nos quita tantas veces. Me han gustado mucho!