domingo, 18 de febrero de 2007

EDUARDO MOGA


















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Bio-bibliografía

Nací en Barcelona en 1962. He publicado los poemarios Ángel mortal (1994), La luz oída (Premio Adonáis, 1996), El barro en la mirada (1998), Unánime fuego (1999), El corazón, la nada (1999), La montaña hendida (2001), Las horas y los labios (2003) y Soliloquio para dos (2006). He traducido a Arthur Rimbaud, Ramon Llull, Frank O’Hara y Charles Bukowski, entre otros. Soy responsable de las antologías Poesía pasión. Once jóvenes poetas españoles y Los versos satíricos, así como del ensayo De asuntos literarios. Practico la crítica literaria en revistas como Letras Libres, Revista de Libros, Cuadernos Hispanoamericanos, Quimera y Archipiélago, entre otras. Codirijo la colección de poesía de DVD ediciones.



Poética

Las poéticas son un género desprestigiado. Apenas hay poetas que no encabecen sus poéticas con una diatriba contra las poéticas, o, cuando menos, con alguna manifestación de displicencia. Yo, en cambio, creo que constituyen un encomiable ejercicio de rigor intelectual. Entiendo la poesía como la máxima expresión del arte verbal: la que toma a las palabras, no sólo como instrumentos de comunicación, sino también como entidades sensoriales, y las utiliza para crear belleza y despertar emoción. La poesía me sirve para descubrir nuevos ámbitos de la realidad, y para alterarla a través del lenguaje. También para sumergirme en mí mismo, y descubrirme, o interrogarme, o aniquilarme. La poesía me permite suspender el tiempo: el instante se hace eterno, y olvido que he de morir. Gracias a la poesía vivo más: soy más.








Poemas


[Poema XXII de Las horas y los labios, Barcelona, DVD ediciones, 2003]

La ropa tendida ha dejado de moverse. Las moscas ya no vuelan. No oigo los relojes ni las miradas. Un prolongado aguijón atraviesa el cristal desnudo que circunda la carne, lo solo de una calle imprecisa, la supuración de los sauces y las sombras.

Lo que quiero es que te vengas a vivir conmigo.

La boca sabe a caucho. El dolor, acequia insomne, riega, otra vez, los cartílagos, las laderas de la intimidad. El cuerpo se despliega como un animal excesivo: se siente, cruelmente, cuerpo, sombra del cuerpo, éxtasis y humillación del cuerpo, artefacto que conviene al fuego y a la licuefacción del fuego. Y tropiezan los ojos y se cuartean los pómulos y se sublevan las cosas interiores, y el cuerpo lucha por desprenderse de este mármol que desordena, de este mármol con senos y eternidad que ocupa sus pensamientos como una noche quemante, como una multitud manchada de amor. La monotonía es un esqueleto que sonríe. La monotonía se derrama en los cuencos del alma, y redondea sus anfractuosidades, sin que se estremezca ni una sola hebra de su oscuridad. En la monotonía veo una plaza sin nadie, crepitante de silencio y de cigarras, cuyo polvo se levanta en tolvaneras dolorosas cuando sopla el mal, cuando pezones centinelas se allegan, nuevamente, a mis pezones. (¿Qué suscita esta metástasis? ¿Qué lluvioso poder acompaña a un aroma tan frágil? ¿Por qué se desprenden estos volúmenes malos del árbol frenético de los días?)

Una gaviota adorna, como una gárgola, el balcón de una fachada ennegrecida.

Prométeme que querrás a mis hijos, prométeme que no te reducirás los pechos, prométeme que estarás siempre dispuesta.

Un autobús espanta a la gaviota. Un fragor sucio envuelve a los cuerpos que esperan junto a los semáforos.

Prométeme que nunca me harás esto.

Y los muslos remontan los muslos. Y se apresura la sal de la lentitud, que recojo con la lengua temblorosa. Y la lengua atraviesa la lengua y el acero. Y el cielo es manos, y aquello en que se posan las manos. Y los dedos son hambre. Tú me has hecho sentir cosas que no había sentido con nadie. Y los muslos, enzarzados, alcanzan la médula del instante, la lápida de lo nunca sido. Y los ojos lamen y saquean y penetran en lo oscuro. Y la blusa cae. Y el aire cae. Y los vientres se levantan y caen y se levantan y se enceguecen de mucosas. Sólo con oírte al teléfono me humedezco. Y el silencio alcanza el límite de la saliva, y lo acaricia. Y las formas intercambian sus centros, se desnudan de escamas y escaleras, hasta que ya no sé dónde están mis brazos, el pene aturdido, la península de los sueños, los nombres. Esta tarde no te pongas nada debajo. Y cae la piel, que descubre sus sabrosos barrizales, sus diamantes escondidos, y se vuelve a incorporar, como una ola del yo, como una murmurada cadena. (El yo es quebradizo: depende de una mano que alza el vuelo y el orgasmo, y que se convierte en nuestra mano). Y la piel, al caer, es más piel, más concentración de baba y piel, más pureza agolpada o ebriedad de dientes. Y encuentro dureza en el sudor y en las entrañas, donde bate un viento espeso, palabras que arañan y gotean, hendiduras coléricas, zumo entreabierto. Me gusta esta urgencia; significa que me deseas. Y todo se desmorona en un golpe rojo, en una sucesión de espasmos que burla al tiempo y deshace el conglomerado de los días, en un hueco voraz en el que me arrebujo para saberme cosa, nada, dios, brizna poseída por el mundo, o alimentada por su demolición.

¿Me quieres?

Y todo esto sucede mientras cruzo una calle a la que mi delirio proporciona una dolorosa exactitud.






[Fragmento inicial de Soliloquio para dos, Santa Coloma de Gramenet, La Garúa, 2006]

Dime, alma, qué cincel has empleado
para que sea yo tu forma,
qué sombra subyace en mi sombra,
o qué memoria soy, qué invertebrada
conciencia.
¿Has moldeado el aire?
¿Asientes a mis volúmenes, a mis ojos?
Acaso sea hijo de tu luz,
y acaso ese resplandor aterido
me rescate de lo inconcebible
y me alimente de lo mortal:
tu fiebre me unce al ser.
¿Qué extraña potencia, alma,
constituyen mis manos?
¿Son las tuyas?
¿Tienes tú manos?
¿Ven?
Dime, oh, alma, si es tuyo este silencio
o si son los engranajes de mi cuerpo;
dime si dictas tú mi sangre
o es mi sangre la que te articula;
dime si eres mortal
o sólo sucumbes al azar.
¿Existes, alma?
¿Existo yo,
o soy un arañazo de la nada?
Te hablo, y no sé a quién.
¿Por qué es tu transparencia
mi opacidad?
¿Por qué desconozco tu idioma,
si en mí converge cuanto hay,
y me iluminan soles dispares,
y recae en mi piel el peso de lo que se aleja?
¿Por qué no te veo, alma,
si advierto las hondonadas celestes,
los remolinos de la fragilidad?
Me oigo anochecer, y morir,
y construirme;
te niego, alma: niego tu azul
y tus guadañas;
niego tus células,
en las que cunde lo incomprensible.
Y oigo tu levedad,
que me atenaza; y aquilato
tu soplo homicida,
el fluir de tu ausencia
por mis capilares
y mi ropa.
¿Eres, alma?
¿Determinas mi latitud y mi penumbra?
¿Coses mis latidos?
¿Me acunas?
¿Por qué no recalas
en mis signos, y fotografías mis miedos,
y me ratificas en tu hoguera sin causa,
ajena al tacto, despojada de tildes,
pero que siento en el fondo de mi nombre,
derramada,
derramándose?
¿Por qué no lloras?
¿Qué mar es el tuyo, alma?
¿Te poseo
o soy yo tu objeto?
¿Qué abstracciones, pájaros,
estragos
son tu carne,
o la mía? (…)






[Poema III de Cuerpo sin mí, de inminente publicación en Bartleby Editores]

Salardú

Asoman
—rasguños
de carmín— las violetas en el hielo.
(Lo inanimado bulle;
fracasa
la piel sin claraboyas de la nieve).
La claridad cincela
las flores,
y aviva los cristales
esponjosos, y apaga las hogueras del agua
como una mano grande que alisara
las arrugas del mundo. La claridad agrupa
lo que brota desnudo y se abraza
al aire, lo que suda y serpentea
entre coágulos de escarcha,
lo que, encrespado, se reviste
de pausas
y adopta forma
de ventisca o amor. La claridad
es la niebla callada que me envuelve
con la delicadeza del rebeco
que baja del nevero a abrevarse,
entre las brasas del silencio,
mientras destella
la noche.
Los años pacen en la claridad
como en un mar plagado
de espejos, y los ojos del alerce
son los ojos del padre, y la humedad
que nos quema es un pájaro doliente,
y la sangre del viento es sangre derribada,
que abandona su nicho de máquinas y lenguas,
y se reclina en la luz.
Y de la claridad nace la nieve,
como un desmigajarse
meticuloso
de lo visible y lo abierto,
como una flema
sin peso
que barnizase
de incertidumbre el cielo.
La nieve
se reconstruye con su muerte:
tocamos
su desaparición.
En la nieve se esconden círculos
que nos contienen, besos caídos de los labios,
silencios
con cuyo resonar elaboramos
nuestro silencio; su fuego es
la casa en que nacemos,
la lluvia
que nos deseca;
y nos encadenamos al fluir de sus llamas,
porque buscamos el abrigo
de un mundo en el que no palpite lo vacío,
en el que prevalezca cuanto es inmaterial
y, sin embargo, encarna en cuerpo;
un mundo en cuyos límites empiece
de nuevo el mundo.
La nieve
comparte la sustancia de los ojos.
Crezco en ella: regreso.
Palpo su luz metálica: soy niño. Acaricio
su levedad, y lenguas leves
me acarician. Siento los copos como espadas
blandas, dormidas en las depresiones
de la piel, y me quema
su blancura, eclosión oscura de alas;
me quema
como una llama
glacial, como una llama que fuese también piedra.
La claridad
se endurece en la nieve: es ácida,
como la nieve,
y arraiga en ella, hasta alcanzar
el centro del instante, el borde del instante,
el cansancio que impregna las palabras,
heridas por la miel
inalterable de lo sido.
Todo naufraga ahí, y se perpetúa.
Y las tinieblas
supuran,
evisceradas por la claridad.

2 comentarios:

Marian Raméntol Serratosa dijo...

No sólo hemos participado en una antología juntos recientemente (Domicilio de Nadie), además, chafardeando acabo de ver que tenemos amigos y conocidos en común, Agustín Calvo Galán, Edith Checa, Andreu Navarra, qué pequeño es el mundo...

Admiro sinceramente tu obra.

Un saludo
Marian

b e g o dijo...

Lo primero mostrarle mi respeto hacia su trabajo.
He vuelto a leer recientemente "Navegando a solas por la habitación" de Billy Collins, libro que usted tradujo. En el poema "Club nocturno" (página 169) reza lo siguiente:
(...)
observa al tipo corpulento del sexo tenor
Me pregunto por qué ha decidido que sea sexo y no saxo, como puede leerse en la página anterior en la versión inglesa (sax). Quizá haya algún juego de palabras que se me escape o sea una errata de corrección, me encantaría aclararlo.
Reciba un animado saludo de una lectora de poesía compulsiva.