domingo, 21 de enero de 2007

MANUEL RICO























Mencionado por:
Isabel Pérez Montalbán
Antonio Crespo Massieu
Matías Muñoz
Jaime Priede
Manuel López Azorín
María Muñoz
Jesús Cárdenas Sánchez

Menciona a:
Julieta Valero
Diego Jesús Jiménez.
Sergio Gaspar
Rosa Lentini
Antonio Jiménez Millán


Bio-bibliografía

MANUEL RICO (Madrid, 1952). Poeta, narrador y crítico literario. Es autor, entre otras obras, de las novelas El lento adiós de los tranvías (1992), La mujer muerta (2000), y Trenes en la niebla (2005). Como poeta, son de destacar sus libros Quebrada luz (1997), El muro transparente (1992), La densidad de los espejos (1997), que mereció el Premio Juan Ramón Jiménez, Donde nunca hubo ángeles (2003), accésit del Premio Jaime Gil de Biedma, y De viejas estaciones invernales (2006). Ejerce la crítica de poesía en el suplemento Babelia del diario El País. Es autor de Memoria, deseo y compasión (2001) sobre la poesía de Vázquez Montalbán y de varias ediciones críticas de poetas contemporáneos.






Poética

Cuando alguna vez me han preguntado acerca de la ubicación de mi poesía dentro de mi generación, mi respuesta ha sido clara: me considero un francotirador. Un francotirador al que, a estas alturas de la historia, sólo le interesa escribir la poesía que le place, la poesía que juzga necesaria para conjurar sus fantasmas personales y, si es posible y acierta con la expresión, para ayudar a otros en similar conjura. ¿En qué consiste esa poesía? En el intento de amalgamar palabra reveladora y conciencia crítica, insumisión frente al mundo e investigación en el lenguaje, emoción sentimental y emoción estética, memoria y deseo. Es decir: partir de la experiencia de vida considerando ésta como un complejo universo en el que viven los actos cotidianos junto con las emociones más hondas y del que forman parte los sueños, los deseos, las incertidumbres (personales y colectivas) y, por supuesto, la memoria.




Poemas


Aquel junio maldito

“vive en este mundo
cual si fuera la casa de tu padre”
Nazim Hikmet


Fue una primavera mejor de lo esperado.
Muchos años después, quizá una eternidad
más tarde de tu sueño
-roto, como la juventud, por tiempos de ceniza-,
volvió la claridad: Madrid era una fiesta.
Otra vez era abril y era en mil novecientos
setenta y nueve: yo te supe, padre,
redimido, cercano a la quimera
que fermentó en tu noche de terror y de frío.

Fue un abril diferente sin embargo.
Las esquinas ardían de palabras
ocultas desde antiguo en desvanes en sombra.
Bebiste de su luz. No estabas solo.
Contigo la bebimos los más jóvenes.
Tu mirada de asombro aún puedo contemplarla
en esa latitud, que a la muerte traiciona,
de la fotografía:
la tengo frente a mí.
Es un dolor de piedra contra la madrugada.

Mas huyeron los días de aquella primavera
hasta estancar la luz en un junio maldito.
Fue en la noche, cuando huelen
las madreselvas y los amantes buscan
la oscuridad del descampado, las viejas estaciones solitarias
y el verano prepara su cielo más estricto.

El aire, en un instante, mudó en nieve. Y el abismo
se apropió de tu voz y la hizo suya.
La primera conciencia de la muerte
vino, padre, a traición, a visitarme,
y volvieron el frío y la ceniza,
y viajaste a esa patria
donde las flores muertas nos hablan del vacío.

Han pasado los años, muchos años.
Todavía huelo los algodones
y el aire absorto de la madrugada,
y escucho todavía tu voz quebrada y última, esa voz
que me arrancaba el mundo
que los dos levantamos contra la soledad, contra el silencio
de los días difíciles, que me entregaba
una orfandad adulta tan de pronto,
un desierto de sueños, el llanto seco
frente al absurdo.

Pero hoy, padre, regresas. Sin avisarme, abriendo el toldo
de esta noche penúltima del año,
como si nada hubiera ocurrido entre nosotros, como
si en este tiempo interminable
se hubiera convertido mi orfandad
en un lugar soñado.

(De La densidad de los espejos. 1997).






El poeta delgado

Fotografía de la propia memoria: Blas de Otero,
en el centro del corro, en un almuerzo colectivo
el 1 de mayo de 1979 en la Casa de Campo.
(De un reportaje biográfico aparecido
en una revista literaria).


Cuentan las crónicas que aquel poeta
de extrema delgadez y cabellos de nieve
jugaba al dominó.
En el bar de las siestas y las tardes de tiza,
con sus dedos exiguos cansados de palabras
tanteaba la urdimbre de los números simples.

Aquel poeta
fumaba con exceso y en el humo
empastaba la historia que nos fue arrebatada
y vivía en la niebla de tabaco y penumbra
la soledad helada del granito, el sueño
delgado de los que nunca sueñan,
la posesión herida del lenguaje.

Hoy lo recobro en este fotograma
de la memoria entusiasta y del deseo intacto:
mayo crepita de claridades rojas: es la Casa
de Campo y el poeta ha acudido
a respirar el sueño, a contemplarse
en el espejo aturdido del nosotros, tú lo ves
en el centro del corro, y él no canta
quizá porque en sus ojos
hoy no navega la canción sino un pabilo
de tristeza: acaso
se piense enfermo, envejecido, y tú lo ves
dolorosamente cano, delgado hasta lo infame,
la piel buscando el hueso
donde tiembla el abismo.

Pero sonríe. El poeta delgado
nos mira ausente y nos sonríe
con la mirada hueca —quién sabe qué palabras
ha advertido en el aire, o tal vez sólo sea
la borrosa luz del Guadarrama, un sueño
de purísimos ríos, de cumbres solitarias y ciervos desbocados
para curar su pecho
severamente roto, o quizá viejas iras
en nuestra voz más joven, tanto como esa fruta
que una mano le ofrece
entre enseñas que el tiempo declarará vencidas—
mientras la luz derrama
oros debilitados en los viejos pinares.

Oyes
su silencio de tierra. Escuchas
su latido de viento en sus ojos de tierra.
¿Por qué
ves tierra en sus ojos y no la crepitación
oscura de su voz de llama?

Recuerdas hoy
aquellos ojos duros, recuerdas
haber adivinado
un resplandor de ausencia en esos ojos duros, una
rara quietud y hoy sabes
que el poeta delgado
no te miraba, sus pupilas
no miraban a nadie,
traspasaban la luz y las banderas,
iban en pos del hueco y la ceniza, acaso
habían entrevisto el territorio
del musgo y del silencio, de las flores exangües,
de la muerte sola.

(De Donde nunca hubo ángeles. 2004)





La casa de los fresnos


A esta casa llega, a veces, el viento.
Llega lo inacabado, llega el tiempo, y la espera,
y el reloj inútil, y el alma de los campos, y llegan
las montañas y el silencio indeciso de la nieve,
y el barro y la madera, llega
la memoria, amada, llega
la memoria.

Esta casa, la de los fresnos
y de las lluvias,
tuvo en su arquitectura, mucho antes
de ser teja y ladrillo,
un padre soñador de sueños rotos,
tuvo
la lectura primera de Madame
Bovary en noches de verano de finales
de los años ochenta, tuvo
novelas inconclusas, poemas
no acabados, pájaros, cemento,
un huerto muy precario
y pequeños erizos sobre la hierba seca
en las noches de agosto en que los hijos
descubrían el mundo y bebían la niebla.
y eran niños y a veces nos hacían
tan niños como ellos.

Esta casa
es la casa de las tormentas y del olor a tierra
mojada y a rastrojo, es la casa
de la memoria enferma de la madre,
la de las moras ennegrecidas
de setiembre. La casa de los caminos
y de los montes ocres, del endrino
cuyos frutos morados
hablaban del invierno
en las puertas de octubre, cuando el frío
era sólo sospecha.

Es la casa
que soñó mermeladas y hortalizas
en veranos remotos, la casa
del níscalo y las lluvias tardías de noviembre,
de las noches al fuego, del fuego
y de las brasas, de la mesa
camilla y del brasero.

Esta casa,
la casa de los fresnos
es la casa de las orugas del color de las hojas,
la del porche vivido
en las noches de julio de mariposas calcinadas
en la vieja bombilla.

La de la leña
cortada, la del aroma
de la arizónica y del cedro, la de los pájaros
que inauguraban
la mañana de abril y los asombros
del hijo que descubre
el aire y sus olores
y la sombra del águila en la altura,

Casa de las celebraciones y de las tardes lentas,
del jardín alfombrado de hojarasca.
Mi casa. La casa. Nuestra casa.

(Inédito)

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