lunes, 8 de enero de 2007

JOSÉ LUIS PÉREZ PASTOR






















Mencionado por:
Sonia San Román

Enrique Cabezón

José Luis Puerto

Carmen Beltrán

Alberto Vidal

José Manuel Soriano Degracia

Menciona a:
Carmen Beltrán
Enrique Cabezón
Sonia San Román
José Mateos
José Luis Puerto

Enrique Falcón
Carmen Jodra Davó




Bio-Biobibliografía:

José Luis Pérez Pastor. Logroño, 1978. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Rioja, imparte clases de Lengua Castellana y Literatura en el IES «Escultor Daniel» de Logroño. Es miembro de Ediciones del 4 de agosto y dirige la revista de cultura popular Belezos, que edita el Instituto de Estudios Riojanos. Ha publicado los libros de poesía Albada y engranaje (Celya, 2003) y, junto al poeta Enrique Cabezón, El lenguaje de las serpientes (Eds. del 4 de agosto, 2005). Como coordinador, se ocupó de los libros Cuentos por encargo (2003) y El de la triste figura: visiones de El Quijote desde La Rioja (Instituto de Estudios Riojanos, 2006). Es coautor del libro Esa enfermedad incurable y pegadiza: los poemas de El Quijote (junto con Diego Marín A., Eds. del 4 de agosto, 2006) y de Las elegías de Esteban Manuel de Villegas (junto con Mª Ángeles Díez Coronado, en prensa). Aquí y allá, ha participado en revistas de investigación filológica como Criticón, literarias como Müsu, y en diversos libros recopilatorios de versos y prosas. Su obra poética ha sido recogida en antologías como Me chifla la poesía (Celya, 2003), Vento/ viento (Celya, 2004), Todo y nada: sonetos en homenaje a José Hierro (Ayto. de Ávila, 2005) y Orfeo XXI: poesía española contemporánea y tradición clásica (Libros del Pexe, 2005).



Hipótesis de trabajo:

¿Cómo decir «la poesía es…» o –incluso– «la poesía debe ser…» a estas alturas de la dulce e irreparable posmodernidad? Sin embargo, a veces sobrevienen intuiciones entre el maremágnum de neblinas estampadas que van dejando los poetas tras de sí. De forma quizá poco filológica diré que percibo la Literatura como un juego de cucaña realizado sobre los hombros de los gigantes literarios del pasado que acunan y aúpan nuestras obras, pero que también abruman con su sombra alargada.
El proceso: la tradición y la Historia ponen al alcance de la mano formas y motivos que escoger, mezclar y adulterar con la propia sensibilidad de cada uno.
El resultado: artilugios verbales para resucitar en cabeza ajena, vislumbres enlatados en signos elegidos en pos de una mejor indagación, conservación, disfrute y sufrimiento compartidos.
Ya vendrá después el viento leonfelipeño y el caprichoso caos editorial para hacer su trabajo. El del escritor –como tal– acaba justo antes.




Poemas


Penélope

Cansada del estruendo del banquete
que roe su firmeza cada día
la reina se retira, absorta y fría,
al telar donde devana y comete

el crimen de engañar a las arenas
en espera callada de un vacío.
Siempre teje —y desteje— allí un navío
que pasa junto a rocas y sirenas.

A veces en el tálamo incompleto,
en las noches azules, que son grises,
un sueño busca que esperanza irradie.

Y a veces se despierta del asueto
y tiembla sudorosa y grita: «¡Ulises!»
y sólo escucha: «nadie, nadie, nadie».

(del libro Albada y engranaje)







Los muertos

Los muertos sólo son símbolos
de seres queridos
o no queridos
(que de todo hay, como en botica).
Sólo símbolos como un palacio de congresos
deshabitado y con ratas muy maltrechas.
Los muertos son monumentos que se pudren,
y por eso les ponemos mármol,
alabastro, placas de metales
(plomo, bronce, quizá plata u oro),
fotografías en cápsula de vidrio
y otras máscaras solemnes.
No voy a entrar en cuestiones
como si es cierto o no
que hay muertos en vida
en Dublín
o en cualquier otra parte
—París, Roma, Londres, Katmandú
o Logroño, por qué no—.

Diré nada más que los muertos
no son lo que eran.

No ven.
No tocan.
No disfrutan de un asado
ni de su crepitante olor.
Ni cosen ni cantan.
Los muertos no están muertos.
No están.
No son.

Cómo me alegro de que a veces
me duela un poco el costado
a la altura aproximada del alma,
amigos míos.

O tal vez la rodilla.

O incluso un dedo
(incluso el meñique).

(del libro Albada y engranaje)






MR. SANDMAN

Desde que yo recuerde, me asustaron
los ruidos de las sombras de la noche:
las puertas de la casa, los quejidos
de las cosas que duermen con nosotros.
Todo ello parecía un aquelarre
de extraña seriedad, de diarios ecos.

Diciembre, como todo el mundo sabe,
es un terco ladrón de raudas piernas:
me quitó aquellos miedos prontamente
como quita la pintura a las fachadas.
Al cabo, no quedaron ya temores
acerca de las cosas de la casa.

Algún lustro ha pasado desde entonces
y ya no son proteicos y terribles
los objetos, y a nada se parecen.
A cambio de los miedos aventados
me dejan a su paso los diciembres
otro miedo, otras sombras, otra noche.

(inédito)




REFLEXIÓN DE RINGO KID

La diligencia:
cuatro bestias nos llevan
hacia el progreso

(inédito)

2 comentarios:

Óscar Garrido García dijo...

Adelante compañero, tendremos que intentar mantener firmes las riendas y también tendremos que saber cuando aflojarlas un poco.

bydiox dijo...

Pues la verdad, a mí me encantó (y me sigue encantando) este poema:


Mi dulce niña, pediré tus besos
igual que aquel Catulo los pedía:
por arrobas. También pediré de esos
arrumacos que Lesbia le hacía.

Pediré que me invites a tu casa,
que no eches el cerrojo de la puerta
(te diré con dolor que el tiempo pasa
y la vida se va quedando yerta).

Muchas cosas diré por convencerte
para luego pedirte un café frío,
y luego una canción de tenues redes,

un abrazo, tu almohadón, el desvarío...
y después, que compartamos nuestra suerte
(por pedir, niña mía, que no quede).

(ATQUE AMEMUS, José Luis Pérez-Pastor)