jueves, 11 de enero de 2007

BASILIO SÁNCHEZ



































Mencionado por:
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José Luis Puerto
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Jordi Doce
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Santos Domínguez




Bio-bibliografía

Basilio Sánchez nace en Cáceres en 1958. Con su primer libro, A este lado del alba, consiguió un accésit del Premio Adonáis en 1983. Diez años después publica su segundo libro, Los bosques interiores, reeditado en 2002 (Amarú), al que le seguirán: La mirada apacible (1996, Pre-Textos), Al final de la tarde (1998, Calambur), El cielo de las cosas (2000, EREx), Para guardar el sueño (2003, Visor) y Entre una sombra y otra (2006, Visor). También ha publicado un pequeño volumen de relatos, El cuenco de la mano (2007, Littera).
Ha recibido en dos ocasiones el accésit del Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma y, en 2005, el XX Premio Internacional de Poesía Fundación Unicaja. Ha sido incluido en diversas antologías poéticas y colabora asiduamente en revistas literarias nacionales y extranjeras. Entre los años 2000 y 2003 fue codirector del Aula de Poesía José María Valverde de Cáceres. Sus poemas han sido traducidos a diversos idiomas.



Poética

Sé que lo que conozco es sólo una comarca de lo que no conozco; que todo lo que he escrito no es, al cabo, más que un carro de bueyes transportando de una página a otra, por el camino ciego del asombro, de la perplejidad, una misma pregunta, un expectante e idéntico silencio.
Se vive la escritura como se vive el agua desde dentro de sus pequeños círculos, el río desde la perspectiva de sus guijarros. Se vive en la escritura como se participa de la respiración de lo sagrado en cualquiera de las rutas del aire. Podrá tener sentido o no tenerlo, pero ésa es la vida del poema.



Poemas


RUINAS


El cielo de los muertos es la flor de albahaca.

Primero es el paisaje,
luego el descendimiento de la nieve
sobre las cisternas de la memoria,
la puerta que se cierra, la mirada
que se vuelve del tamaño del ojo.

¿Quién podría distinguir
en este descampado nuestra casa, entre tanta maleza?

El reflejo suave de los vasos
detrás de las palabras, la porcelana tibia,
la paciencia nocturna
de los cuencos y las ensaladeras.
Aquello que de humano tenían los manteles,
los racimos de agua,
el misterioso pan que compartíamos.

Construimos la casa junto al muro
que no vimos caer, sobre la grieta
aún imperceptible.
Una casa de polvo de madera en la que estaban todos
los pensamientos de los vivos.

Como la oscuridad que se consume
en una hoguera apagada,
un día fuimos saliendo de las habitaciones
y cerrando las puertas,
cercados por las sombras buscamos otras sombras.

¿Quién llenaba el vacío? ¿Quién la grieta
que la unía a la nada?

El olor del enebro,
la hoja solitaria
que se mece de pronto sobre él en esta hora
todavía lentísima, sin aire:
aquí, en la oscuridad de los arbustos
donde un perro agoniza, entre las ruinas
de aquellos que un día fuimos
y los restos de ahora, contemplo mi pasado
como los caminantes
la porcelana roja de una nube.

Porque tengo la edad en que uno es sólo
lo poco que recuerda,
mi voz en lo profundo de las habitaciones inclinadas
ha acabado en susurro.


(De Para guardar el sueño)









ENTRE NOSOTROS


Añoro la ceguera que es un punto de luz.

Bebo de la memoria como otros
del agua de las fuentes, de los vasos
de la antigua liturgia.

Después de mucho tiempo
ahora vivo despacio, sin intimidaciones,
sin que pueda la noche ganarme en sutileza
ni la muerte en sigilo.

Soy el hombre que no ha salido nunca
de los alrededores de su mano, el que se ha hecho
perdonar por la nieve
y el que anda por las habitaciones
preservando en silencio la sustancia
de su felicidad.

Quien para guarecerse
necesita los nombres de todos los que ha sido,
recordar las palabras con las que cada día
ha vivido o ha muerto.


(De Para guardar el sueño)







EL UMBRAL


La claridad se agota
sobre los pavimentos.

Poco a poco se nos van las palabras,
se elevan por encima de la línea de sombras
que hay sobre nosotros.

La altura de la mano que sostiene una vela
es la altura del mundo.

Aún no tenemos nada, sólo el vaso de vidrio
que hemos puesto en la mesa, y la esperanza
que hace mover el agua.

Ya todo está tranquilo:
la memoria vuelve verde las hojas;
el frío da reflejos
azules en los ojos; hay una flor oscura,
que todavía no es nuestra, en el umbral.

Un corazón que late vertical en el suelo,
dispuesto a envejecer.

Mi deuda con la vida es este hombre
del tamaño de un puñado de tierra
que ahora escribe.


(De Entre una sombra y otra)

2 comentarios:

Alfredo J. Ramos dijo...

Se ven, estos poemas se ven.

Ana Garrido Padilla dijo...

La de Basilio Sánchez es una de las voces más personales de la Poesía actual, la más absolutamente diáfana, certera, reconocible. No es un poeta más. Es el Poeta.