domingo, 31 de diciembre de 2006

NACHO ABAD
















Mencionado por:
Vicente Muñoz Álvarez
Macarena Trigo
Susana Barragués

Menciona a:
Henry Pierrot
Rafael Saravia
Javier Arce
Tomás Sánchez Santiago
Macarena Trigo




Bio-bibliografía

Nacido en León, 1980. En 2001 publico mi primer poemario, De las palabras palomas (Diputación de león, colección Provincia, N 123). En 2006 publico Comunicado (Ed Leteo, Colección Azul de Metileno, N 14.) Soy también autor del cortometraje documental Tripulantes.



Poética

Toda mi escritura es un ejercicio de optimismo, intentar redimirme a través del trabajo creativo. Si el poema te salva, en una pequeña parte también salvas al mundo.




Poemas


DOS CIEGOS

Alguien que a veces soy mira con amor este mundo,
sus cosas pequeñas, casi diminutas, todo lo que no es oro
y reluce, como encontrar una mano accidentalmente
desconocida, habitar un silencio redondo
entre tren y tren,
o contar los pasos no dados.

Alguien que a veces soy
y apenas conozco
aparece por momentos, como una mariposa,
o una idea que no consigo alcanzar,
o una calma en la que palpita algo maravilloso
y luego nada,
se posa en el borde de mis párpados
y no alcanzo a ver, oler, sentir su cuerpo,
pero entiendo su mensaje:
duele como mucha luz,
y se desliza hacia el interior de la garganta
a través del corte de su filo.

Lástima de paraíso perdido, qué lástima,
teníamos una góndola de tinta y un verso en la aguja,
pero nos robaron la heroína, lástima de oropel;
teníamos un lugar y muchas piedras en la memoria,
pero nos robaron las revoluciones, lástima de ideología;
teníamos la belleza y su conjuro y sortilegio,
pero nos robaron la mirada, lástima de felicidad.

Qué lástima un país al sur de mi imaginación, el olor a sueño caliente de mi almohada, la resurrección de la carne al mundo de los muertos, el amor y su sable, y el vacío que causa derramarse. Lástima las heridas no producidas que hacen sangrar otras, las máscaras del lunes los semáforos los relojes el pavimento el hombre que se comporta como el mecanismo de un reloj, la prisa de la prisa del tiempo que se escapa.

Lástima que el último poema de Rimbaud no se titule porvenir, o todavía,
y que las fachadas de la memoria oculten huecos
y que se configuren como sombras quienes no dan luz.

Lástima de aquel que nació por amor
y luego se le negó la limosna de un beso,
una caricia de palmas ardientes,
el lujo de morir derrotado,
y pidió perdón por no distinguir entre el enemigo y sus temores,
perdón por confundir con luz un copo de nieve que desciende muy por debajo del párpado izquierdo, perdón por un soplo de arrogancia que le llevó a creer que la justicia de los hombres era su justicia, que la verdad de los hombres era su verdad, que el dios de los hombre era su dios, y luego lo fue perdiendo todo, o todo fue al territorio de su mentira, y sintió un silencio de metal elástico, y su lengua se llenó de telas de araña y resortes

Y sin darse cuenta,
respiraba en un lugar sin forma ni espacio,
donde confundió tu nombre con un colgante
hecho con lo abalorios de no haberte nombrado jamás
y la tanza del laberinto de las puertas no abiertas,
y lo llevaba como una estrella la techumbre,
como un mapa la pérdida: un sonido de cascabeles, una nube de pájaros al sur, o un valle donde la sombra jamás la luz permite: un labio malogrado, el otro ardiendo, un codo lejos, el otro náufrago,
y el pecho abierto en canal con mucha sangre
roja y radiante como la noche de las azoteas, como la noche de los andenes,
y creyó que tu boca era su hogar,
y dibujó caminos con el dedo para la travesía,
cielos donde respirar un vuelo de alas rotas, muy lejos de los aeropuertos,
humo verde de marihuana, beso de luz en la boca muda,
y se fue desdibujando en muchos sueños:
la cara se le hizo lluvia, gotas de brillo sobre el ébano,
las manos se le hicieron viento, cierzo, huracán,
racimo de soplos que no aciertan a mover
la nube que cubre unos pezones radiantes.
Y creyó que dentro le explotó la vida en vida,
y en el pecho le germinaron enredaderas y árboles, bosque de helechos,
y nunca más vio rayo, sino luz,
todo, sino uno, desposeído, desnudo,
sin poder apretar las cuerdas vocales a un suspiro.

Alguien que a veces soy no se arropa la noche
con un labio vuelto, ni solloza un cigarro
sin luna en el paraíso de los tejados, alguien
que no me calma en un beso la presión, los pulmones incendiados,
y tú muy dentro de la pupila, clavada en la ceguera
para ver con amor este mundo.






PARA ESTE MUNDO

Ojalá todo fuera tan fácil como estar triste,
dejar que dos lágrimas empañen los ojos,
y sentarse a mirar cómo cae el sol.
Pero hay días que vienen sangrando en el calendario un sonido de armónica,
días en que no merece la pena una canción amarga, un salto de ojos cerrados,
andar descalzo por los tejados, ser libre al final de todas las fronteras.

Me hubiera encantado subirte una luz al beso, salvarte de una tormenta en un abrazo, naufragarte los zapatos en un charco,
calentarte las hogueras, molestarte las moscas, alentarte un sueño,
y más tarde, hacer desaparecer una mentira urdida en lo elemental.
Hubiera dado la vida por dejarte un verso prendido de los labios,
derramarte una gota de sangre,
abrirte las heridas de las flores en primavera.

Y sin embargo, no me derriba un viento de suspiro el vuelo,
ni me vence el vértigo en la cuerda floja
si me prometes no creerte ni por una verdad este mundo,
si me juras que no vas a dar cuerda al reloj de los cuerdos.

Me hubiera matado un disparo de suicidio
caliente a cambio de que no rezaras nunca al dios de ciertos dioses, de que hicieras el amor con gente rara, ojos de bohemia, una noche al azar de los sexos, bebiera y fumaras hasta caer en una alucinación, y luego no te arrepintieras, por favor, no te arrepientas nunca de un sol atinado en el sueño de los ojos, no te arrepientas de un dolor más agudo que la pérdida, ni de ir dando tumbos, de vida en vida, de pecho en pecho,
si acaso vale una lágrima un beso,
aunque luego descubras cómo lo atrapan todo
los anzuelos de la rutina,
levantarse un lunes, trabajar, comer,
hacerse con el dinero suficiente como para morir dos minutos más tarde,
con una flor marchita por sonrisa
que no riega la palabra alegría.

Nuestro amor hubiera sido vivir en el reflejo cóncavo,
hermoso como si no tuviéramos memoria y
la vida consistiera en ir aprendiendo,
nuestro amor con cabeza de agua, con manos capaces de tocar ciertos sueños,
con ron en las heridas de la sed
y un juguete de olas que cauterice el mapamundi de las espalda,
para que nadie pueda seguir nuestros pasos errados,
aprender el lenguaje de un idioma que ninguno practica.
Te hubiera hecho hervir la boca un mordisco
en el fuego de todas las hogueras del mundo,
proyectando sobras sobre la noche
porque no puedo ni siquiera ofrecerte una certeza.

No mires atrás, quema cuantas naves ardan,
naufragar es el verbo de nuestra felicidad
si encontramos a cambio una sonrisa, una brizna de proximidad, una palabra exacta, una mano que llevarse al pulso de las lágrimas. No regreses nunca, yo te estaré buscando cuando el mundo se desangre sobre sus alambradas, te buscaré en los harapos de un sueño,
cuando me inunde el pecho el vaho de los cristales,
te buscaré como una sabiduría en la memoria,
con el ansia de un niño que se ha soltado del último meñique de su madre
y padece la libertad primera bajo una religión brutal
sin dios a quien consagrar la nieve lenta de Venus,
el vuelo de un pájaro, el tranvía azul de la mañana, el cielo canela de tu boca,
o el hombro donde consolar el lado izquierdo de la soledad
de cada cama, la espina que guardaste debajo de mi lengua:
te buscaré siguiendo la luz de la estrella de mar del norte,
entretenido en no encontrarte sino en el pensamiento,
por si así doy contigo en el asombro de sentirte un poco cerca,
un poco calma entre atmósfera e infierno, y te aprieto la piel a la piel,
cerca, cerca, diciéndote, ojalá todo fuera tan fácil
como que no hubiera esperanza.






CEGUERA

Siempre estamos bailando al otro lado de la canción
y la lluvia no nos permite ver lo que sucede.
No parece que vaya a escampar.
Me duele la piel y me entretengo con los abalorios del agua.
Tú dices que esta música melancólica se toca con las manos frías.
Hemos perdido el tiempo y la paciencia diciendo
alguien debería hacer algo, venga, a qué esperamos, llenemos los pulmones de aire y la
[boca de ruido,
pero hoy me siento triste y cansado.
Durante toda la noche hemos hablado, hemos estado hablando mucho, hemos fumado
[hasta la quemadura la flor azul de Novalis,
y ahora un silencio azul, un mutismo perfecto que se parece a una tregua,
se insinúa por las comisuras de la mañana. Luego
un coche patrulla, como un bisturí
lo desgarra lentamente con su brillo metálico:
ya habrán encontrado el cadáver, envuelto en un chubasquero
o quizás desnudo y radiante. Tenía nombre extranjero y siempre los ojos muy abiertos
y oscuros. Quizás esperaba constantemente que fuera a pasar algo.
Nos hubiera encantado amarla en secreto,
nos habría hecho felices fumar muy despacio al verla pasar, como impresionándola,
dejar escapar el humo denso de una calada, igual que un pañuelo que vuela
tras el tren en la estación.
Nunca supe cómo sonaba su voz: como una melodía
que una vez escuché
y no he podido recordar ya, como un adiós
incapaz de salir de la caja torácica, o tal vez
como suenan todas las voces cuando se alejan demasiado
o están demasiado cerca.
Ya da igual. No nos queda de ella
más que de cualquier rostro casual,
la tentación de cederlo a al recuerdo
como una traición más,
y esa medicina húmeda
que empeña los cristales de las gafas,
y por algo menos de lo que cuestan las besos,
nos da consuelo.


NOTA: Los tres poemas forman parte del libro COMUNICADO, Ed Leteo, Colección Azul de Metileno, N 14.